Víctor Hugo Islas Suárez

Es curioso cómo, después de una buena comida y cuando llega el café, uno termina siempre arreglando el mundo o desenterrando fantasmas del pasado, y si hablamos de fantasmas que nos definen como mexicanos, ninguno es tan complejo ni tan injustamente tratado como el de “Malintzin”, la Malinche, a veces me pregunto si somos conscientes de la carga que le pusimos encima, la historia oficial la despachó rápido, la traidora, la mujer que se entregó al invasor, pero si lo piensas con la calma que da el tiempo, la figura de Malintzin es mucho más parecida a una superviviente extrema que a una villana de película, no era una «mexicana» traicionando a su patria, básicamente porque México no existía, ella era una mujer nahua, vendida como esclava por su propia familia a los mayas de Tabasco, y luego entregada como un objeto de guerra a los barbudos que venían del mar.

Imagina la escena, una mujer joven, que ya hablaba náhuatl y maya, se encuentra de pronto en medio de dos mundos que están a punto de colisionar violentamente, no tenía un ejército, no tenía un reino; solo tenía su inteligencia y su lengua, al aprender el castellano, se convirtió en algo mucho más poderoso que cualquier soldado se volvió el “puente”.

Sin ella, Cortés habría estado ciego y sordo, Malintzin no solo traducía palabras; traducía conceptos, miedos y estrategias, ella entendía que los pueblos dominados por los mexicas estaban hartos de los tributos y los sacrificios, y le dio a Cortés la llave política para formar la alianza que realmente derribó a Tenochtitlán, es fascinante y a la vez trágico, a menudo la juzgamos con la moral del siglo XXI, olvidando que en el siglo XVI, para una mujer esclavizada, la lealtad no era una cuestión de patriotismo, sino de “supervivencia”, ella eligió el lado que le garantizaba seguir viva, y en el proceso, se convirtió en la madre del primer mestizo con nombre y apellido, Martín Cortés.

Es un poco injusto que hayamos inventado la palabra «malinchismo» para describir el desprecio por lo propio, si lo analizas bien, ella no despreciaba lo suyo, simplemente estaba forjando algo nuevo entre las cenizas de lo que se estaba rompiendo, fue la primera diplomática de América, la primera intérprete y, nos guste o no, la “madre simbólica” de nuestra cultura mezclada, en el Lienzo de Tlaxcala, los artistas indígenas la pintaron casi siempre al lado de Cortés, pero a menudo la dibujaban de un tamaño mayor o en una posición central, los propios indígenas la respetaban, la llamaban «Malintzin», un título de honor, sabían que quien hablaba por su boca tenía el poder de decidir la vida o la muerte.

Al final, la Malinche es el espejo donde no siempre queremos vernos, nos recuerda que nuestro origen es violento, sí, pero también es fruto de una inteligencia capaz de adaptarse al caos más absoluto, fue una mujer que, partiendo de la nada, terminó cambiando el curso de la historia universal.

Quizás ya es hora de dejar de verla como la traidora y empezar a verla como la mujer que tuvo que aprender a hablar en un mundo que quería mantenerla callada, es un personaje agridulce, como un café sin azúcar, pero necesario para entender por qué hablamos como hablamos y por qué somos como somos, porqué tenemos esa “herida abierta”, Nos decimos «hijos de la chingada» porque, como bien analizó Octavio Paz, la «Chingada» es la madre abierta, violada y sometida, es la Malinche, al emplear ese apelativo, estamos reconociendo, (a veces con rabia y otras con orgullo herido) nuestro origen en la conquista, somos el fruto de una unión violenta entre el conquistador que «chinga» y la mujer indígena que es «chingada». Es nuestra forma más cruda de decir que venimos del trauma, de la mezcla forzada y del abandono, convirtiendo ese estigma en un grito de identidad que nadie más en el mundo entiende igual que nosotros