Víctor Hugo Islas Suárez 

Esta semana platicaba con una persona sobre mis columnas, me decía que le resultaba insultante mi postura ante dios (ahí empezamos mal, “dioses” debió decir) le parece bastante ilógico que al ver el mar, las montañas y campos que camino, “no pueda ver la huella de dios en ello” después de un pequeño cuestionario sobre su formación, hábitos de lectura y pensamientos desarrollados en su vida, decidí simplemente “defenderme” con el principio de la navaja de Ockham, referencia que no entendió, y bueno, yo soy el primero en bendecir la ignorancia propia, por ello la del resto de las personas. 

Esta situación me hizo recordar el kit del escéptico escrito por Carl Sagan en su libro, El mundo y sus demonios, la ciencia como una luz en la oscuridad de 1995, con esto Sagan pone su conocimiento sobre cómo evitar engaños y manipulaciones presentes en la propaganda, bulos o a través de la transmisión de falsos mitos, y otros tantos peligros a los que se enfrenta la sociedad. 

En esta obra, Sagan intenta explicar el método científico al ciudadano corriente como forma principal de evitar caer en engaños, para ello resumió nueve reglas básicas: 

1. Confirmar la realidad. Los hechos necesitan ser confirmados por fuentes independientes siempre que sea posible. 

2. La prueba, a debate. Cultivar la discusión sustanciosa, con conocimiento y desde todos los puntos de vista, sobre la prueba obtenida. 

3. No confundir experto y autoridad.  En la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay expertos. Las autoridades no son infalibles, han podido cometer errores en el pasado. 

4. Siempre hay más de una hipótesis. Si algo puede explicarse de muchas maneras, hay que tener claras las pruebas de cada una de ellas. La hipótesis que sobrevive a la refutación tiene muchas más posibilidades de ser la respuesta correcta que la primera idea que se nos ocurre. 

5. No aferrarse a una hipótesis por que sea la nuestra. Las hipótesis no son más que estaciones en el camino del conocimiento. Hay que preguntarse por qué nos atrae la idea y compararla equilibradamente con las alternativas. Antes de que lo hagan otros, conviene que encontremos por nosotros mismos motivos para rechazarla. 

6. La cantidad es la clave. Si lo que intentamos explicar se puede medir o está relacionado con alguna cantidad numérica, el trabajo será más fácil. Lo vago y cualitativo está abierto a muchas explicaciones, y aunque pueden encontrarse verdades en ese tipo de asuntos, encontrarlas supone un desafío mayor. 

7. Lo importante es todo el proceso argumentativo. Todos los eslabones de la cadena de argumentación deben funcionar (incluida la premisa), no solo la mayoría de las ideas. 

8. Lo más sencillo suele ser lo más probable. La regla empírica de la navaja de Ockham, o ley de la simplicidad, dicta que ante dos hipótesis aparentemente igual de válidas, lo correcto es elegir la más sencilla. 

9. ¿Puede falsificarse la hipótesis? Un argumento que no puede demostrar su validez ni ser refutado por completo, no vale mucho. La capacidad de comprobar las aseveraciones es esencial. 

Y después de todo recuerde, por derecho puede creer en lo que usted quiera, siempre y cuando su posición este definida de manera personal y respete que cada quien tiene el mismo derecho.