Víctor Hugo Islas Suárez
Pienso en los orígenes de la humanidad y no puedo evitar imaginar a esos pequeños grupos de recolectores y agricultores que empezaban a entender los ciclos de la lluvia y la cosecha, todo era más simple: sembrar, esperar, compartir, el excedente podía servir para comerciar con otras tribus, reforzar lazos y asegurar la supervivencia, en ese escenario, la cooperación parecía ser la base natural de la vida en común, sin embargo, en algún momento la historia tomó otro rumbo, alguien decidió que era mejor acumular, controlar, poseer, y ahí comenzó la larga cadena de desigualdades que nos trajo hasta aquí.
Los reyes, los tributos, las conquistas no fueron inevitables en un sentido biológico, pero sí se convirtieron en respuestas históricas a la ambición y al deseo de poder, el que controlaba el grano controlaba a la gente, el que organizaba la defensa se convertía en líder, y pronto, esos líderes dejaron de ser servidores de la comunidad para transformarse en dueños de ella, la violencia, que pudo haber sido solo defensa, se institucionalizó como herramienta de dominación, la religión, por su parte, se sumó al juego, legitimó a los poderosos, justificó guerras y convirtió la obediencia en virtud, millones murieron en nombre de dioses que en realidad servían más a los intereses humanos que a lo divino.
Aquí es donde mi tesis se fortalece, si en aquel entonces, cuando la humanidad no pasaba de diez millones de individuos, se hubiera eliminado sistemáticamente a las mentes violentas, hoy no cargaríamos con esta herencia, hubiera sido más sencillo cortar de raíz esos comportamientos que ahora, con miles de millones de personas, parecen imposibles de erradicar, es como apagar un incendio cuando apenas empieza, en lugar de enfrentarse a un bosque entero en llamas, la historia está de mi lado, cada intento de construir sociedades más igualitarias o pacíficas terminó siendo absorbido por la misma lógica de poder y conquista, los ejemplos abundan, y todos confirman lo mismo, la violencia siempre se impuso.
Algunos dirán que la agresividad es necesaria para la defensa, que sin ella habríamos sido vulnerables frente a depredadores o grupos externos, pero lo cierto es que esa defensa se transformó en ataque, y el ataque en conquista, la violencia dejó de ser un recurso ocasional y se convirtió en motor de la historia, no hay que engañarse, el humano aprendió a matar y a robar porque era más fácil que trabajar y compartir, y ese aprendizaje se transmitió de generación en generación, hasta convertirse en parte de nuestra cultura, no hablo de un “gen del mal” literal, pero sí de una predisposición que se reforzó socialmente hasta parecer inevitable.
Hoy, los avances para reducir la violencia son tan estériles como los proyectos de viajes interestelares, bonitas ideas, factibles en teoría, pero imposibles en la práctica, la paz mundial suena tan utópica como colonizar otra galaxia, y mientras tanto, seguimos atrapados en guerras por territorios, religiones y recursos, la humanidad no ha entendido el beneficio del bien común, los intentos modernos de cambiar la mentalidad colectiva son comparables a poemas que inspiran pero no transforman, se habla de diplomacia, de cooperación internacional, de economías solidarias, pero en el fondo todo sigue girando alrededor del poder y la posesión.
Las pequeñas comunidades que aún viven en paz, tribus amazónicas, pueblos serranos, comunidades aisladas, son pruebas vivas de que otra forma de vida es posible., pero no sirven como modelo global, funcionan porque son pequeñas, porque todos se conocen, porque la presión comunitaria evita abusos, en sociedades de millones, esas dinámicas se diluyen, el anonimato y la complejidad hacen imposible replicar la misma lógica por eso digo que cualquier solución que se proponga hoy es inservible en un marco global, la historia lo demuestra, los intentos han existido, pero siempre han fracasado.
Al final, lo que queda es aceptar que la humanidad es lo que es, capaz de crear poesía y sueños, pero también guerras y tributos, no tenemos un gen del mal en sentido estricto, pero sí una herencia incómoda que seguimos cargando, y aunque los avances actuales se presenten como esperanza, son tan frágiles como los sueños de viajar a otras galaxias, la violencia no es un accidente, es una elección que se repite, y quizá, si hubiéramos actuado hace milenios, hoy no estaríamos condenados a convivir con ella.








