Víctor Hugo Islas Suárez 

Si bien ya era “cuestionable” el sexo telefónico, las citas a ciegas, y las apps para encuentros casuales, la tecnología que atienden lo “trivial” avanza al mismo ritmo que la tecnología aplicada a las telecomunicaciones, la robótica, mecánica etc. En esta vorágine de inventos surgen al público dispositivos como Kissenger que permiten enviar un beso a distancia a tu pareja, basta con poner los labios en una boca artificial acoplada al móvil para que el beso se transfiera a un dispositivo igual en cualquier parte del mundo, también existen almohadas para sentir el latido del corazón de otra persona, vibradores que pueden ser controlados a distancia y moverse al ritmo de la música y muñecas repletas de sensores que hablan y fingen orgasmos, los robots o juguetes sexuales, los aparatos con fines terapéuticos y el porno en realidad virtual ya están aquí, el futuro del sexo pasa por la tecnología y abre un sinfín de interrogantes. ¿Un usuario podría elegir mantener sexo virtual con el avatar de una expareja?, ¿Hablaremos de infidelidades virtuales? 

¿Seguiremos interactuando entre nosotros? Una de las preguntas aún sin respuesta es sí, con todos estos dispositivos sexuales en el mercado, seguiremos interactuando igual entre nosotros en el futuro. Las compañías insisten en que sus aparatos en ningún caso son sustitutos de las personas. Pero, ¿habrá quienes prefieran el sexo virtual al sexo real? Hay estudios que destacan que un tercio de los hombres consumen porno a diario y que dicho consumo provoca que los jóvenes pierdan en algunos casos el interés por el sexo real, y otro grueso de los encuestados afirman que eso es infidelidad, bueno, de hecho, hay personas que afirman que la masturbación es infidelidad. 

Frente a quienes defienden que con la tecnología la interacción irá a menos y que las relaciones serán cada vez más virtuales, hay expertos que subrayan la necesidad natural de juntarnos entre humanos, pero entonces ¿Qué no pueden darnos los robots u otros dispositivos que sí pueden darnos las personas? Es probable que algunas características humanas nunca se reproduzcan en un robot o al menos siempre sean objeto de debate, y sin embargo hay historias de “amor” a objetos con similitudes humanas, ya sean robots, maniquís, e incluso hay mujeres que “aman” su vibrador y no necesitan más. 

Un ejemplo (por más inverosímil que parezca sucedió) Arturo Chávez, “el eterno enamorado” de un maniquí; Eran los años 80 cuando el oriundo de Cananea empezó a acudir diariamente a una tienda de novias ubicada por la calle Heriberto Aja, casi esquina con bulevar Rodríguez, pero solo se quedaba en la banqueta contemplando a la figura que portaba un hermoso vestido de novia. No importaba si hacía calor o frío, Arturo siempre estuvo fiel diciéndole palabras bonitas, cantándole, tirándole besos o buscando la manera de demostrarle su amor, Arturo contó que había pasado por un momento muy triste, ya que su novia falleció días antes de la boda y fue enterrada con el vestido que utilizaría en ese gran día, por lo que su mente se bloqueó y al ver al maniquí pensó que era su gran Esmeralda. 

Entonces, ¿no es imposible enamorase de una muñeca o robot sexual?, ¿Y si las empresas que los fabrican usaran con tu información más íntima? La información procesada por los juguetes sexuales es extremadamente sensible, entre ella, puede haber, nombres, orientación sexual o de género, listas de parejas sexuales, información sobre el uso de dispositivos y fotos y videos íntimos, toda esta información en las manos equivocadas puede traer consecuencias desastrosas, así pues, posiblemente “lo de menos” sea prepararle el desayuno a tu gadget, o estar al pendiente de sus necesidades (limpieza, baterías, etc.) es posible que ese artefacto también te esté engañando al compartir tu información, ya no se puede confiar en nadie de verdad. 

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