Gabriela Lazcano
Cierto es que tienen características muy diferentes a los hombres, y evidentemente no hablo del físico. Ellas tienen, creo yo —y perdón que hable de mi mismo género alabándolo—, algo especial. Por ahí dicen que alabanza en boca propia es vituperio. Disculpen, solo esta vez.
Ellas, nosotras, ella, yo —sin importar su orientación sexual, y perdonen que no escriba “elles”, porque no me gusta deformar el lenguaje—, tenemos muchas cosas que el hombre no tiene. Y, a propósito del 10 de mayo y de que ya estoy un poco, o un mucho, hasta la madre (sic) de las estupideces de la política mexicana, me desvío un poco de lo que escribo normalmente.
Pues así, tantas y tantas diferencias nos hacen al final complementarios unos de otros.
Y así es que hemos poblado este loco planeta.
La mujer, el día de hoy, tiene más trabajo que nunca.
El día de hoy tiene más responsabilidades que nunca, se le exige más que nunca, y está más sola que nunca. Pero no solo ella; aún estando en compañía, todos estamos más solos.
Somos ahora esclavos de una tecnología que nos divide y nos aísla de conversaciones, de juntas, incluso de las primeras sensaciones de conocer a alguien. Hoy primero se conocen por Instagram y luego ven si se gustan o no.
Y aún con estos y otros muchos obstáculos, nosotras hemos podido preservar algunas cosas no poco importantes.
Nosotras hacemos familia. Y al hacer familia, me refiero a que los vecinos se vuelven familia hasta con los perros. Nosotras hacemos familia con las amigas, con las mamás de las amigas y con los parientes de las amigas. Y así es que cada una va teniendo su red de protección, su ancla, su roca, su amorosa morada.
Nada tiene que ver el tamaño de la misma, ni los muebles, ni el lugar. La morada que hace una mujer se llama hogar.
Y bien sabemos que puede estar en cualquier parte.
En esta red amorosa que llamo hogar, hay una figura que es la piedra angular: la mamá.
Pero no se equivoquen: hay mamás que no tienen hijos, y sin embargo, son mamás.
Uno acaba siendo mamá de los hijos, de algunos amigos en soledad cuando necesitan una mano amorosa que les diga que todo va a estar bien, de las y los hermanos si tenemos la fortuna de tenerlos, y de toda la gente que amamos. Incluidas, por supuesto, las mascotas.
Sí, la mujer es también mamá de sus mascotas —y conste que yo no tengo—. Así somos.
¿Y por qué se da esto?
Yo creo que la mujer tiene una capacidad mayor de amar, incondicionalmente.
Insisto, no demérito en ningún momento el papel del hombre. Ya hablaré de él, de ellos.
Pero no me pueden contradecir cuando digo que la mujer, cualquiera que sea su nacionalidad, es muy, muy diferente.
En México, particularmente, nos pasamos de abnegadas.
Queremos de más, damos de más, nos preocupamos de más, soportamos de más… ¡y un sinfín de “más”!
Me gusta la nueva generación de mujeres, esas que luchan por superarse y que saben que no van a depender de nadie. Esas que son íntegras con la familia, los amigos, que son sororas y que no se les olvida nunca el amor recibido
Esas que, por haber pagado el costo de la soledad que viven ahora, lo regresan con amor.
Esas mujeres de hoy tienen muchas cosas que antes no teníamos, pero también más cargas.
Y, aun así, siguen tejiendo su red, siguen construyendo su roca, siguen formando hogares.
Para mí, la mamá que me tocó fue perfecta. Y claro que casi todo mundo piensa lo mismo, pero además de que creo lo mismo, me refiero a que ella era *LA*perfecta para mí.
No sé cómo hubiera sido con una mamá no tan inteligente, o no tan conocedora de mi personalidad, o no tan culta.
Créanme, yo no era una perita en dulce. Ella era la perfecta. Y ella me tocó.
Pero insisto: cualquier mujer que se tope en su camino, en nuestro camino, y que sea parte de su red de amor, denle gracias a Dios, o a la vida, o a quien se les dé la gana, porque si esa mujer les quiere —pero les quiere de verdad—, nunca van a estar solos, nunca van a llorar solos, y lo más importante: van a conocer el amor incondicional.
Esto es para las mujeres de mi círculo, de mi red de amor:
Mi hermana, mis sobrinas, mis amigas, las amigas de mis hijos y, finalmente —porque los últimos son los primeros—, a ella, *LA* perfecta, la que Bendito Dios me tocó, y a mi zona de amor seguro, de amor incondicional, de amor sin reservas, de ternura, de adultez, de comprensión y de una genuina complicidad tejida por ambas a toda prueba. A ella que me escogió como su mamá
A *Maria*












