Carlos Ramos Padilla

Le di varias vueltas, lo vi desde el punto de vista político y empresarial. Me lo imaginé en una sesión definitoria de trabajo en Davos o en Washington y no le encontré sentido.

Me pareció el Plan Nacional de Desarrollo una combinación entre un programa para un acto de campaña proselitista y un borrador de eso que llaman Constitución Moral. Pretendo creer, por antecedentes, que en esas páginas se debe señalar con claridad metas, objetivos y programas en concreto que nos dirija hacia resultados tangibles de crecimiento.

Las propuestas deben y tienen que ser sensatas, creíbles, con análisis históricos y políticas públicas viables. Dar pronunciamientos generales sobre temas abstractos en nada ayuda. Revive los pronunciamientos del candidato, presidente electo, toma de protesta en primero de diciembre e incluso algunas “mañaneras” y el discurso, además de ser el mismo, no plantea los cómos y cuándos.

Veamos en algunos incisos “honradez y honestidad; al margen de la ley, nada por encima de la ley, nadie; economía para el bienestar; no puede haber paz sin justicia; ética, libertad y confianza; erradicar la frivolidad; consulta popular; construir un país con bienestar; sembrando vida”…

Luego en el texto vienen los ataques al neoliberalismo y las bondades de Benito Juárez. Quizá como ensayo político, con su estructura dialéctica vendría bien en un salón de clases para que los alumnos entiendan los procesos de una política dogmática.

Pero cuando analizamos las propuestas de naciones desarrolladas, estamos muy distantes. Ellos en sus planteamientos no hablan de corrupción porque si aplican la ley, no la disfrazan o se la saltan. Sus funcionarios al primer intento de fracaso, abuso o mentiras son despedidos de inmediato.

Saben cantar su himno y se enorgullecen de este. No necesitan “mañaneras” porque se está trabajando y la sociedad recibe los beneficios en seguridad, educación y salud. Invierten en términos reales en tecnología, ciencia e investigación debido a que llevan la vanguardia y buscan romper fronteras pero en el espacio sideral.

Hablan con otras naciones no acerca si los ex presidentes se levantaban temprano o no, sino de ampliar su cultural, expandir sus conocimientos, volverse políglotas, construir nuevos lenguajes en redes sociales.

Miran a las estrellas, aplauden a sus premios Nobel, respetan a sus instituciones y las fortalecen. En fin, otra mística de vida en donde valoran sus plataformas del pasado pero superan obstáculos para vivir con mayor dignidad.

Allá, cuando sus estadísticas de triunfos deportivos los enaltecen no tienen que plantearse que “el deporte es salud”. Su percepción sobre el cuidado ambiental, la recuperación de espacios rurales, el vínculo con el turismo nada tiene que ver con esos equívocos planteamientos de deportes “fifís” y los demás. Todo lo que genere bienestar, dividendos y aprendizajes es bienvenido.

Ojalá, porque vamos contracorriente, ojalá y los pronósticos ambiguos en ese documento se convierta a la brevedad en esquemas tangibles de desarrollo. No apostar a cifras tentativas, sino decirle al mundo que los mexicanos vamos en serio y que tenemos cómo y con qué. 21000dd1909f

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