Gabriela Lazcano
Mi mamá solía decirnos, cuando éramos niños y nos sentaba a ver la inauguración o la clausura de unos Juegos Olímpicos, que en esos días Dios estaba de buen humor porque el mundo se reunía. Lo decía con esa convicción tranquila de quien cree que todavía existen momentos capaces de recordarnos que la humanidad puede encontrarse sin odio. Esta mañana, mientras veía la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno, recordé esa frase con una mezcla de ternura y nostalgia.
Había algo profundamente esperanzador en esas imágenes: jóvenes de distintas naciones celebrando, riendo y abrazándose bajo la nieve, viviendo la normalidad sin cuestionarla. Una normalidad que en muchos países no se piensa porque no se ve amenazada. Mientras observaba la ceremonia comenzaron a llegar mensajes a un grupo en X: la noticia de la captura del Mencho. El contraste emocional fue inmediato y casi casi brutal .
Pensé entonces en la geografía, pero no en la de los mapas, sino en la geografía de los sentimientos. Esa cartografía invisible que determina la manera en que se vive el miedo, la tranquilidad y la esperanza. ¿Qué diferencia hay entre nacer en Dinamarca y nacer en Cuautitlán Izcalli, en Chiapas o en Oaxaca? La dignidad es la misma, pero la experiencia cotidiana de la seguridad es radicalmente distinta. Hay lugares donde el miedo no forma parte de la rutina y otros donde se vuelve un compañero silencioso.
He viajado a sitios donde la tranquilidad es una condición natural y no un privilegio. Es en esos momentos cuando el mexicano descubre el nivel de alerta al que se ha acostumbrado. Regresar implica recuperar esa vigilancia: la postura del cuerpo cambia, la mirada se vuelve cautelosa y el sonido de una motocicleta altera el pulso. No es paranoia; es aprendizaje.
Esta realidad no es casual. La estrategia de seguridad impulsada por Andrés Manuel López Obrador, sintetizada en la consigna de “abrazos y no balazos”, no sólo fracasó en contener la violencia, sino que envió un mensaje de permisividad que fortaleció a los grupos criminales. La continuidad política bajo Claudia Sheinbaum no ha significado un cambio perceptible, sino la prolongación de un discurso que minimiza el miedo real de la población.
Quizá lo más doloroso sea la costumbre. La forma en que el miedo se fue filtrando en la vida cotidiana hasta volverse paisaje. La conversación que siempre incluye una advertencia, la ruta que se modifica por precaución, la llamada nocturna para confirmar que alguien llegó bien. Y mientras la gente reorganiza su vida alrededor del temor, el discurso político insiste en relativizar la tragedia o en desplazar la conversación hacia otros temas. Esa distancia entre la experiencia real y la narrativa oficial no sólo indigna: cansa, desgasta y termina por instalar una tristeza colectiva difícil de nombrar.
Indigna la violencia, pero también indigna la evasión, el adoctrinamiento y la facilidad con la que el discurso oficial pretende sustituir la experiencia cotidiana de millones de personas. Indigna que se dirijan a una audiencia que creen es estúpida . Indigna la actitud de la señora .
Duele que pasen los años y el país continúe atrapado entre la resignación y la simulación. La captura de un criminal genera alivio momentáneo, pero no resuelve la estructura que permitió su crecimiento ni la sensación de indefensión que permanece intacta. Los narco-políticos mañana también trabajan .
México es un país maravilloso y precisamente por eso duele tanto verlo acostumbrarse al miedo. La geografía no debería determinar la tranquilidad con la que se vive ni convertir la alerta en una forma permanente de existir.
Qué desgracia haber nacido en un país donde las madres y padres aprenden a vivir esperando y donde la tranquilidad se volvió un privilegio. Qué pena sentir que la felicidad de vivir en México se nos fue escapando mientras nos acostumbrábamos al miedo.Mañana nos dirán , que todo está bien y mejor cuando la realidad es que todo está mal y cada vez peor .










