Jesús Corona Osornio 

Desde la llegada del señor López a la presidencia de México, los militares han jugado un papel cada día más invasivo de las tareas correspondientes a los civiles, el presidente les ha otorgado una inmensa gama de quehaceres, que incluso violentan su propio reglamento interno, que, entre otras cosas, les prohíbe participar en política y en procesos o funciones que solo competen al ámbito civil. 

López Obrador no se ha distinguido por su respeto a las leyes, ni a la Constitución, él va por la libre sin importarle nada. 

Como comandante supremo de las Fuerzas Armadas, el señor López ordena y el General secretario ejecuta, en este caso, el señor Sandoval ha ido de la obediencia que le debe al jefe supremo, al más radical servilismo, aceptando sin reservas y sin cortapisas las peticiones del ejecutivo, sin importar, que esas órdenes, violen la reglamentación interna del Ejército. 

El secretario Sandoval ha ido creciendo en su influencia y poder, dentro del círculo cercano al mandatario, la dependencia a su cargo recibe anualmente cantidades exorbitantes de presupuesto, con el único propósito de hacer obras inservibles como la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya, la reconversión de la pista militar de Santa Lucía, hoy tildada de Aeropuerto Felipe Ángeles. 

La milicia mexicana pasó de tener, en otros gobiernos, los dineros justos para el desarrollo de un ejército de paz, en un país que no ha estado involucrado en una guerra. Y cuyos ingresos se incrementaron en el sexenio de Calderón, por el involucramiento de las Fuerzas Armadas en la “guerra” en contra del narco y demás crimen organizado, pero no fue un incremento tan espectacular como el de ahora. 

El Ejército Mexicano ha quedado más vulnerable a la corrupción, más expuesto a no respetar los DDHH de nadie, a actuar a su libre albedrío, sin rendir cuentas ante el poder civil que es su mandante. 

Luis Cresencio, el secretario de la Defensa Nacional ha hecho valer el uniforme ante un mandatario cada vez más debilitado no solo en lo físico, sino más grave, en su autoridad ética y moral. 

Los últimos acontecimientos así lo demuestran, el hackeo a la Sedena, impactó al primer mandatario de manera espectacular, los cogieron desprevenidos. Su estrategia a las exposiciones periodísticas, es fingir no pasó nada, y aceptar que son ciertas, pero intrascendentes. 

El libro El Rey del Cash, le pegó en el eje de flotación porque desmitifica la “celestial honestidad” del señor presidente, y lo exhibe como rufián y mitómano, no requiere pruebas. El testimonio de Elena Chávez es contundente, la periodista desnuda al “rey” y lo coloca entre los bandoleros de la política nacional. 

El general secretario, ha sabido leer la miseria humana que rodea al presidente, esa runfla de malandrines corruptos, practicantes del siseñorismo, y la lambisconería hartera. 

El general ha llevado a López a los terrenos en que ya es indispensable contar con los soldados para todo, no importan ya las dudas acerca de la corrupción enorme, que se sospechaba desde sexenios anteriores, no importa nada, solo el poder. 

Peligros reales acechan a la democracia, a las libertades, a la libertad de expresión, ya fuimos testigos de como AMLO protege a su generalazo e impide rinda cuentas ante la HCD, o conteste a la prensa, no importa lo humillante que puede ser para las FA, lo que importa a López es que su ejército lo proteja, aunque sea de enemigos imaginarios, para eso la milicia es ya el cuarto poder. Y como dijera el senador Germán Martínez: “no soy su tropa…” Y sí, no somos la tropa.  

Hasta la próxima.