En 1970, Neil Young tenía 24 años. Originario de Toronto, Canadá, se había convertido en un músico famoso y disfrutaba por primera vez en su vida de lo que él llamaba “ser un hippie rico”. Decidió comprar un rancho en California que pertenecía a dos abogados y le puso el nombre de Broken Arrow (Flecha Rota). Ahí conoció a Louis Ávila, un hombre mayor que, junto a su esposa Clara, vivía en la propiedad y trabajaba como cuidador del rancho. 

Louis llevó a Neil a dar un recorrido por la tierra que ahora era suya, llegaron a una parte alta del lugar que dominaba el paisaje y donde había un lago que servía para alimentar de agua a todos los pastos. Entonces, el viejo capataz le preguntó al músico: “Dime, ¿cómo es que un hombre tan joven como tú tiene el dinero suficiente para comprar un lugar como este?”. Young le contestó: “Bueno, sólo suerte, Louis, sólo mucha suerte”. En un breve diálogo Louis Ávila y Neil Young encontraron una profunda conexión y así nació Old Man, una de las canciones más famosas del músico canadiense.  

Esta historia, que forma parte de la mitología de la música folk, nos invita a hacernos una pregunta: ¿Qué tanto se parece nuestra vida a la de nuestros hijos? (o “a la de nuestros padres”, dependiendo del rango de edad del lector). Más allá de lo obvio, y que está vinculado directamente al desarrollo tecnológico, los resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) que acaba de publicar el INEGI pueden ayudarnos a encontrar una respuesta sobre las principales diferencias que existen entre dos de las generaciones que hoy compartimos el mundo. 

Primero lo bueno, en los indicadores de “comparación intergeneracional” encontramos tres señales que, a primera vista, parecen alentadoras: el 70 % de las personas en México han logrado un mejor nivel educativo que el de sus padres y el 54 % han conseguido un mejor puesto laboral y un mejor nivel de vida que el hogar en el que crecieron. Sin embargo, hay un cuarto indicador que no comparte esta tendencia al alza: sólo 4 de cada 10 jóvenes han tenido un mayor logro patrimonial que el de sus padres (y 5 de cada 10 han tenido igual o menores logros en esta materia que los de sus progenitores). 

¿Por qué, si la mayoría de los jóvenes de ahora tienen más estudios y mejores trabajos que los de antes, no han conseguido incrementar su patrimonio? Esto es algo a lo que el gobierno debe poner una especial atención porque, de no hacerlo, es muy posible que estemos presenciando el inicio de una crisis silenciosa: un escenario en el que, a diferencia de antes, los estudios, el talento y el trabajo no se traducen en una mejor calidad de vida ni en la posibilidad de hacerse de un hogar propio. Ahí sí, ni con suerte alcanza.