René Acuña
Hay políticos que confunden la cercanía con el poder con un salvoconducto para decir cualquier cosa. Y luego descubren, demasiado tarde, que en política el peor enemigo suele ser la propia lengua.
Eso parece haberle ocurrido al exsenador morenista Navor Alberto Rojas Mancera.
En una entrevista con el medio hidalguense Dinámico Informativo, Rojas hizo lo que desde hace años acostumbra en corto: presumir la amistad que dice mantener con el gobernador Julio Menchaca. Sólo que ahora decidió hacerlo frente a las cámaras y el resultado terminó siendo un auténtico balazo en el pie.
Con absoluta soltura afirmó que fue el propio mandatario hidalguense quien le pidió operar políticamente en el Senado para sacar adelante la ratificación del exgobernador Omar Fayad como embajador de México en Noruega. Incluso presumió que logró convencer a legisladores renuentes para construir el consenso necesario. Después intentó cubrirse diciendo que él votó en contra por «congruencia», porque no comparte que los políticos sean premiados con embajadas.
Pero el daño ya estaba hecho.
La respuesta de Julio Menchaca fue inmediata y, sobre todo, reveladora.
El gobernador negó que hubiera existido semejante encomienda. Explicó que únicamente comentó al entonces senador que la propuesta provenía del presidente Andrés Manuel López Obrador y recordó que, tradicionalmente, la bancada morenista respaldaba las iniciativas presidenciales. De paso, dejó claro que quien realmente operó el cabildeo fue Ricardo Monreal.
Traducido al lenguaje político: el gobernador le retiró públicamente el crédito que Navor buscaba adjudicarse.
Y ahí comenzó el verdadero problema.
Porque más allá de quién tenga razón, lo cierto es que Rojas terminó exhibiendo algo que ningún operador político serio hace: convertir conversaciones privadas en medallas públicas.
En los corrillos políticos hidalguenses pocos dudan que el episodio cayó como un balde de agua fría en Palacio de Gobierno. No precisamente porque comprometiera al gobernador, sino porque volvió a confirmar una característica que muchos le atribuyen al exsenador: la necesidad permanente de demostrar que está más cerca del poder de lo que realmente está.
Quizá por eso hoy también cobra otra dimensión su fugaz paso por la Oficina de Defensa del Consumidor (ODECO) de la Profeco. Llegó al cargo en abril de 2025 para sustituir a Italia Almeida Paredes y salió apenas catorce meses después sin resultados que llamaran particularmente la atención. Desde el principio era un secreto a voces que aquella oficina nunca fue su destino deseado. Él quería otra cosa: una secretaría estatal o, mejor aún, la candidatura de Morena para gobernar Pachuca.
No era raro escucharlo presumir que su amistad con Julio Menchaca terminaría por abrirle esas puertas.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
En política existe una regla no escrita: la verdadera cercanía con el poder jamás necesita presumirse. Quien la pregona con insistencia suele hacerlo porque necesita convencer a los demás… o convencerse a sí mismo.
La escena recuerda inevitablemente aquella frase con la que Ernesto Zedillo marcó distancia del PRI en 1994: la sana distancia.
Todo indica que esa máxima podría estar aplicándose ahora desde Hidalgo.
Porque después del desliz de Navor Rojas, el gobernador no sólo salió a desmentirlo. También pareció enviar un mensaje que en política se entiende perfectamente: una cosa es la amistad personal y otra muy distinta cargar con indiscreciones ajenas.
A veces una candidatura no se pierde en las urnas… Se pierde frente a un micrófono o por la lengua.












