Enrique Escobedo 

Tres obras que me han impactado en la vida que llevan el concepto del laberinto: Teseo y el Minotauro de Creta, El laberinto de la soledad de Octavio Paz y El general en su laberinto de Gabriel García Márquez. Pues en las tres obras el concepto del laberinto está relacionado con la exploración interna de nuestro ser, así como la búsqueda y, en su caso, encuentro de nuestras capacidades y habilidades a fin de encontrar nuestro destino. De alguna manera es una construcción real y mental de inextricables pasillos en los cuales el problema es, por un lado, lo que existe en el centro y, por el otro, la salida del mismo. 

Son muchos los escritores, cineastas y artistas que se embelesan con el concepto del laberinto, lo mismo ocurre con el análisis político. Veamos el caso del presidente López Obrador quien se esforzó por ser el elegido y entrar al laberinto del poder en México. Su deseo, como el del héroe griego Teseo era encontrar al Minotauro (el neoliberalismo), matarlo y salir triunfante. Nuestro presidente sabía que no entraba sólo, pues tenía y aún existe un grupo significativo de seguidores, pero el pueblo que lo apoya no entra al laberinto, simplemente le aplaude, ya que se trata de algo complejo, lleno de pasajes subterráneos, vericuetos, corredores llenos de espejos, espejismos y habitaciones muchas veces con aberturas ocultas, puertas falsas y enredados pasillos lineales y circulares. Su equipo de trabajo o gabinete entra al laberinto y al principio lo acompaña, pero muchos se han separado, otros se han perdido en los pasillos y otros caminan por su lado buscando la salida. A la larga, el presidente se quedará solo, dudo que mate al neoliberalismo y, sobre todo, no veo que vaya a encontrar la salida.  

La metáfora del laberinto me es atractiva debido a que el primer mandatario decidió vivir y trabajar en un Palacio Virreinal que cumple de alguna manera con esa idea laberíntica de pasillos, corredores y pasajes ocultos. Aún más, ese inmueble está construido con piedras que me dan la impresión de estar vivas y nos recuerdan que toda gloria es pasajera, que el mundo cambia y que el orden racional como forma de vida no depende de monstruos míticos, sino de trabajo congruente, lógica formal y Estado de Derecho. 

El problema es que el laberinto ya desorientó a quienes, con buenas intenciones, se adentraron en él, pues lo incursionaron con la ingenua idea de que el activismo social era sinónimo de Administración pública; por eso los cambios en el gabinete, las improvisaciones en materia sanitaria, educativa y de seguridad pública por decir algunos ejemplos. La confusión que sufre la actual gestión es debido a que ya perdió la brújula o no sabe leerla. Aún más, piensa que con la ideología de la transformación encontrará al Minotauro, lo matará y hallará la salida, sin darse cuenta de que obras como el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas más lo adentran a su perdición.  

Los pensamientos y sentimientos de la presente administración nos hablan de optimismo, pero la economía, la inseguridad y el incremento de la pobreza nos hablan de la impotencia de que esta gestión. En otras palabras, el señor presidente está perdido en su laberinto de poder.