A principios del siglo XX, un personaje importante llegó a decir que el tiempo es relativo. En términos prácticos, se dice que Einstein explicaba su teoría de la siguiente manera: “Cuando te sientas con una chica linda por dos horas crees que sólo pasó un minuto, pero cuando te sientas en una estufa caliente por un minuto piensas que fueron dos horas”. Sin embargo, nuestro país alcanza tal nivel de surrealismo que bien podría ser la excepción de esa máxima de la relatividad: aquí el tiempo puede ser relativo a la voluntad del presidente en turno. 

El sábado 29 de octubre, México (salvo algunos estados fronterizos) entró en una etapa que para muchos resultará novedosa, mientras que para otros representa un regreso al pasado: a 1995. Se terminó, al menos por el resto del sexenio, el llamado “Horario de Verano”. Con absoluto desparpajo y poca reflexión, los legisladores de Morena siguieron las órdenes del presidente López Obrador —máximo exégeta de la voz del pueblo— aboliendo esta medida implementada hace 26 años y celebraron regresar al “Horario de Dios”, lo cual es una falacia. El universo está en perpetuo movimiento. Entonces, si realmente quisiéramos estar en armonía con el recorrido natural de los astros, tendríamos que estar adelantando y atrasando la hora diariamente durante todo el año, según la salida o puesta del sol (como los romanos, que llamaban “hora prima” al momento en que amanecía o como los antiguos chinos o babilonios que empezaban su día al atardecer —igual que los judíos).  

Con respecto a las posibles consecuencias de mantener un mismo horario durante todo el año, hay quienes señalan que se trata de una propuesta medianamente desconsiderada: como amanecerá más temprano, naturalmente oscurecerá más temprano, lo cual supone una alerta. A partir de la relación entre oscuridad e inseguridad, la futura larga permanencia de este horario afectaría, principal pero no exclusivamente, a mujeres cuyas jornadas laborales o escolares las orillan a desplazarse después de la puesta de sol.  

Entre los vaivenes de horarios y del sentido común, parece que México va siempre pasmado cuando no en retroceso. Como si lo único que avanzara fuera el dislate, la injuria y la confrontación bizantina (los bizantinos tienen la fama de distraerse tanto discutiendo sutilezas que, en 1453, Constantinopla cayó porque supuestamente estaban más ocupados debatiendo cuál era el sexo de los ángeles —y cuántos ángeles cabían en la punta de un alfiler— que defendiéndose de la invasión otomana). Dicen que, al mal tiempo, buena cara. Pero quien acuñó esa frase jamás imaginó que existiría un lugar donde el tiempo puede estar sujeto a ocurrencias o caprichos políticos. Sin embargo, no debemos olvidar que el tiempo es relativo, depende de nosotros cómo vivirlo.