Enrique Escobedo  

Lo importante de una botella es el contenido, de ahí que la corcholata e incluso el frasco son desechables. La metáfora presidencial de “destapar” a los precandidatos de Morena, además de burda y soez, significa el aprecio o, mejor dicho, el desprecio que manifiesta públicamente hacia sus colaboradores, pues en esa alegoría las corcholatas una vez utilizadas, difícilmente tienen otro uso, pues ya están dobladas. Algo que en México tiene varias acepciones que van desde lo literal hasta las vulgaridades sabidas que utiliza la actual gestión.  

Ahora, hablar de corcholatas es referimos a una cuarteta de personas que compiten inescrupulosamente para que el presidente se incline por alguno de ellos y sea el sucesor que, de ganar la elección, gobernará a la nación mexicana. En orden alfabético son Marcelo Ebrard, Adán Augusto López Hernández, Ricardo Monreal y Claudia Sheinbaum. Los cuatro tienen singularidades que los diferencian y, como seres humanos, tiene parecidos políticos e ideológicos, o eso dan a entender.  

Los talentos y personalidad de cada uno de los aspirantes no son conocidos del todo, pues son políticos y se escudan en la demagogia, la mentira y la hipocresía. Algo de lo que sabe muy bien nuestro primer mandatario. Así que el tema de sus capacidades y habilidades no es suficiente. El asunto medular es el perfil del presidente que requiere México del 2024 al 2030 y la proyección y visión prospectiva al año 2050. 

La historia nos remite a dos ejemplos. Luis Echeverría tenía por un lado a un colaborador de perfil político que era su secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, por el otro a un amigo que era su secretario de Hacienda, José López Portillo. Seguramente lo afectivo le era importante, también su deseo de desplegar algún tipo de Maximato. Empero supo que en esos tiempos el problema económico del país se superponía al político y de ahí su decisión. Ese mismo dilema lo tuvo José López Portillo entre el asunto económico con Miguel de la Madrid o el político personificado en Javier García Paniagua. Sendos presidentes se inclinaron por lo que le convenía al país. 

Hoy el presidente López Obrador tiene cuatro personas compitiendo por el mismo puesto, pero el diagnóstico del país señala al menos tres graves problemas. El primero es el económico debido al crecimiento de la deuda externa, la alta inflación y la caída del producto interno bruto. El segundo es el político debido a la polarización que desató el presidente al sostener que o se está con su gobierno o en contra de su gobierno. Finalmente, el tercero es el social debido a que no ha trazado un plan y su estrategia de la era post Covid. Algo fundamental, pues el tejido social está fragmentado y trenzado con retazos de resentimientos sociales. 

El problema no son los nombres sino su capacidad para cubrir el perfil de presidente que requiere México. Algo que exige visión de Estado, conocimientos serios del derecho y apego a la cultura de la legalidad, comprensión de la economía, sensibilidad política, pragmatismo ante las relaciones internacionales, conciliador, sabedor de la historia patria y enfocado a soluciones deseables, alcanzables y posibles.  

Una corcholata no es un ser, es un ente o una cosa. Un presidente es el responsable de la conducción seria, prudente, firme y con visión de futuro. Por todo lo anterior, ojalá el licenciado López Obrador tome en serio su encargo, a sus colaboradores, les llame precandidatos y que su decisión sea por el bien del país y no porque a quien designe lo pueda mangonear.