Hay un momento en la historia de Atenas en el que los dioses y sus ritos empiezan a ser olvidados. Se van dejando de lado para dar lugar a un nuevo régimen en el que el hombre libre, la ciudad, la filosofía y las ideas se convierten en el elemento central. Surge la pólis, la ciudad-Estado. 

De esta forma, el poder ya no está en los olímpicos y sus caprichos, ahora reside en los ciudadanos. Los oráculos, la Pitia, las Sibilas y los adivinos, que solían ser aquellos que expresaban los augurios y voluntades divinas a través de hexámetros oscuros, van desvaneciéndose. La voz del pueblo pasa a ser la encargada de que las leyes y reglas de la ciudad se respeten. Así nace una nueva figura: los sicofantes, denunciantes profesionales prestos a señalar a cualquier persona, sin tener pruebas ni motivos, por un precio.  

En Atenas la denuncia era una obligación y tenía su peso, todos los habitantes debían hacer saber a las autoridades sobre cualquier crimen o delito del que tuvieran conocimiento. Así, los sicofantes operaban de distintas maneras: cobraban por denunciar en lugar de aquel que no deseara hacerlo o también para acusar falsamente al enemigo de alguien de haber cometido algún ilícito. Sin embargo, la práctica más común entre los que se dedicaban a este oficio era algo que hoy se definiría como extorsión. Con delaciones infundadas y arbitrarias, los sicofantes inculpaban a los ciudadanos más prominentes a cambio de un soborno para desistirse de la demanda. 

El escritor italiano Roberto Calasso lo resume en una frase: “El pueblo de los delatores invadió la plaza y el mercado” y llega a la terrible conclusión de que ninguno de los grandes pensadores del siglo V a.C. pudo vivir en Atenas sin el temor de ser expulsado o condenado a muerte. Ya no importaban los hechos ni las evidencias, la lengua flamígera era el argumento más poderoso ante el arconte. 

Miles de años después, esta situación se ha repetido por todo el mundo y en diferentes épocas. En la Unión Soviética, en la China de Mao, en Alemania de la posguerra: hijos denunciando a padres, abuelos condenados por sus nietos y todo tipo de ciudadanos espiando minuciosamente los movimientos del vecino con tal de ganarse el favor del gobierno y ser reconocidos por su “utilidad pública”. Incluso en nuestros días, en la arena de las redes sociales, es posible ver a una especie de sicofantes virtuales que se abalanzan sobre aquellos que expresan opiniones incómodas para determinados grupos de poder y los denuncian hasta lograr que suspendan sus cuentas, un ostracismo digital. Todo vuelve y se repite, pero el pasado es un espejo en el que podemos ver reflejado el futuro; si lo miramos bien, evitaremos caer en los mismos errores.