Enrique Escobedo
Empieza un año nuevo y renovamos votos de salud, alegría, realizaciones y prosperidad. Los cuales son, en la mayoría de los casos, sinceros. Aún más, se trata de anhelos fundados en el espíritu humano de cerrar ciclos y empezar con renovados bríos ya que se fundamentan en la buena fe y en la esperanza. Situación muy diferente a lo que ocurre en las organizaciones públicas y privadas, ya que en esas lo que existe son diagnósticos, planes y programas fundamentados en el realismo económico, político y administrativo.
Por lo que respecta a la Administración pública no puede ni debe haber ambigüedades respecto al año que inicia, ya que al definir sus metas y objetivos anuales y sexenales debe hacerlo mediante el conocimiento profesional y proyectar sus prospectivas con los pies en el suelo. Consecuentemente, en las instituciones públicas más que buenos deseos, lo que debe predominar es realismo y advertir a la población, sin engaños cínicos, pero con prudencia política lo que nos depara.
Por lo anterior, entiendo bien que los mensajes presidenciales de los primeros días de enero sean una combinación de buenos deseos y despliegues de los desafíos que enfrentaremos este año. Dicho discurso exige sensibilidad, pues no puede decir que el año que inicia será peor que el anterior, pero puede advertirnos que se implementarán ciertas medidas difíciles y desafiantes, por lo que la participación social será fundamental. Por ejemplo, en materia sanitaria el Primer Mandatario debe recomendar el uso del cubrebocas y respaldar las recomendaciones emitidas por la Organización Mundial de la Salud. Lo mismo ocurre con la economía, ya sabemos que la inflación es un fenómeno global y lo que debe proponer es una invitación al trabajo y creación de empleos.
El punto nodal del discurso presidencial de enero, en el formato de mañaneras o cualquier otro, es que debe ser equilibrado, centrado en el realismo político-económico y evitar falsas expectativas en nombre de un triunfo pírrico e inmediato por ganar las elecciones en algunas entidades de la República o lograr la revocación de mandato. Aquí es donde se define cuando un presidente tiene visión de Estado, léase, en la comprensión y proyección de la nación que somos y aspiramos en el futuro o en el fortalecimiento de una organización política que añora la hegemonía monolítica de Partido de Estado.
Saber elaborar desde el gobierno un diagnóstico político, económico, social, jurídico y administrativo requiere seriedad y conocimientos sociales y técnicos. Pero eso es insuficiente, también hay que saber comprenderlo y proyectarlo con decisiones cuyos objetivos sean los de mejorar la calidad de vida y oportunidades a la población, más eso también es exiguo. Se requiere capacidad de instrumentación mediante la conciliación de los factores de la producción y de las fuerzas vivas de la nación. Entonces y solo entonces podremos hablar de que el año nuevo nos abre las posibilidades de una nueva expectativa de vida, pues en caso contrario lo que tendremos es una inercia de vida vieja que arrastra y acumula los problemas de años anteriores hasta convertirse en un lastre que nos llevará a la inacción.
La importancia cultural de los calendarios en las organizaciones humanas es vital, pues refleja ciclos para sembrar y ciclos para cosechar, empero si no se siembra o se arrojan con desparpajo y sin conocimiento las semillas a la tierra, no habrá cosecha. La renovación de la vida en una sociedad más allá de una fecha o un discurso requiere de compromiso, voluntad y decisiones serias centradas, realistas y alcanzables. En otras palabras, un gobierno debe ir más allá de las buenas intenciones de desearnos feliz año, debe hacer todo por hacerlo realidad.












