Cada día se lee menos y se ignora más en México y en el mundo. Los libros perdurarán y así lo harán hasta que ya no exista la humanidad. De nada servirá su trascendencia; que hayan sobrevivido a las guerras y las hogueras si no hay interlocutores a quienes hablarles. Los libros son provocadores y están escritos en oposición a lo terrenal.  

De acuerdo con diversos estudios del INEGI, el porcentaje de lectores en el país ha tenido una disminución del 12.3%, desde 2016 al presente año. Los mexicanos en promedio leen apenas tres libros al año, cifra que va a la baja. Muy lejos nos quedan naciones como Finlandia que leen 47 libros en un año. ¿Qué ha pasado? Los esfuerzos de promoción de la lectura han fracasado. En los últimos meses, en la Ciudad de México han cerrado importantes librerías y es sabido que la industria editorial pasa por un mal momento. Durante la pandemia la cadena del libro; que inicia con el autor y termina con el lector, se vio interrumpida y en algún momento se suspendió. Sumado a que no se ha trabajado en una estrategia de promoción de la lectura que trascienda los sexenios y, por el contrario, se ha optado por poner al libro al servicio de las ideologías, es que no se ha logrado transmitir a toda la población el goce por la lectura. Porque el libro es el verdadero amigo, no se preocupa por lo que recibe a cambio de lo que entrega. 

Leer permite ir a cualquier lugar del mundo y del espacio sideral. Desde buscar la eternidad con Gilgamesh. Tentar al oráculo y ver que depara el futuro en el «I Ching». Viajar con Ulises de regreso a Ítaca, sufrir con Eneas todas sus desventuras. Llegar a los infiernos con Dante. Estar la noche en que Romeo y Julieta optaron por el suicido. Atestiguar la conquista de Dulcinea junto al Quijote o a gobernar una ínsula con Sancho. Pasar mil y una noches oyendo las historias de Sherazade. Desentrañar junto con Víctor Hugo las entrañas de la mezquindad y de la subsistencia. Llegar a «La comedia humana» con Balzac. Conocer las insatisfacciones del hombre moderno en «El Fausto» y ver el lado oscuro de la Revolución Industrial con Dickens. Morir en Venecia junto a Thomas Mann. Ser oyentes en el diálogo entre Marco Polo y Kublai Kan en «Las ciudades invisibles» de Calvino. Surcar los mares con Marco Polo. Adentrarse en el corazón de los mitos con Joseph Campbell y mirar a Abraxas junto a Jung. Atestiguar la caída del mundo imperial europeo con Stefan Zweig y Joseph Roth. Vivir «Cien años de soledad» de la mano de Gabriel García Márquez. Sentir «El ruido y la furia» con Faulkner. Despertar convertidos en un insecto como Gregorio Samsa. Perderse en la experiencia del lenguaje que ofrece «Pardiso» de Lezama Lima. Adentrarse en el universo de realidades mentales de Borges. La obra de Bruno Traven. La poesía de Amado Nervo y Gutiérrez Nájera. El humanismo de Róterdam. O llegar a un monumento contemporáneo de la mano de Irene Vallejo con el «Infinito en un junco». Y así con otros miles de ejemplos. 

En caso de no lograr transmitirles a las nuevas generaciones, el gusto por la lectura se estará amputando cualquier esperanza de que puedan construir un mundo mejor. Dice el filósofo español Jorge Ruiz de Santayana: “Quién olvida su historia está condenado a repetirla”. ¿Sí los humanos ya no leen solo las inteligencias artificiales lo harán?, ¿tendrán la capacidad para diferenciar ficción o no ficción?, ¿Entenderán que los libros son extensiones de la memoria y la imaginación de los seres humanos? Como dijo alguien, “Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto.”