Enrique Escobedo
En 1937 el gran escritor francés André Gide (1869-1951) fue a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pues era miembro del Partido Comunista Francés y fue objeto de deferencias por el régimen de José Stalin. Empero a su retorno publicó el libro “Regreso de la URSS” en el que desveló algunas de las atrocidades del régimen estalinista. Su valentía, su defensa de la libertad y su apego a la verdad fue motivo de persecución por muchos simpatizantes y organizaciones de las izquierdas y jóvenes que se autonombraban antifascistas. De hecho, fueron pocos los intelectuales de izquierda y de derecha que lo defendieron en ese momento, pero los hubo. Lo fundamental es que las denuncias de Gide acerca de las brutalidades que ejercía la dictadura del proletariado serían a la postre algunos de los elementos que habrían de acabar con la experiencia soviética en 1991.
La historia se repite y hoy vivimos en un país en donde criticar o cuestionar al presidente se convierte en un sacrilegio. Una vez más, la enfermedad del infantilismo de izquierda vuelve a aparecer. Hemos regresado a aquellas épocas en las que el culto a la personalidad y la aceptación de la infalibilidad del ideólogo son totales. La encarnación mesiánica del salvador de la patria es un mito que yo pensé superado. Pero no es así, muchas personas están convencidas (sus razones tendrán) que ven en la figura de Andrés Manuel López Obrador al individuo que nos resolverá todos los problemas y que por lo mismo no debemos de cuestionar a su gobierno, sus decisiones y su forma de pensar.
La verdad es un tema que en principio parece simple, pues en principio esta es la armonización de hechos mostrados y demostrados tal como son en la realidad. Es la congruencia acerca de lo acontecido sin manipulaciones, filtros, maquillajes o engaños, pues no depende de intereses, gustos o deseos personales. Pero el tema se puede convertir en algo complejo cuando se trata de posiciones ideológicas o puntos de vista unidimensionales. De hecho, la verdad es la suma de las verdades y en ellas confluyen convergencias y divergencias, por paradójico que parezca, de ahí que cuestionar, como lo hizo André Gide, con toda proporción guardada, como lo hacemos en Impar es un acto de honestidad, de pasión por la verdad y amor a la libertad. En otras palabras, la verdad es compleja y, en muchas ocasiones difícil de asir. Consecuentemente y a la larga, por más tierra que se le quiera echar a la verdad, siempre saldrá a fulgurar.
Criticar y hacer valer otro punto de vista apoyándonos en los datos duros y las estadísticas contradicen a la actual administración. Empero la persecución política encobijada en la sección “quien es quien en las mentiras” es con el fin de enturbiar el ambiente y dividir a la sociedad. De hecho, cuando un gobierno califica de mentirosos a los críticos y se autodefine como el poseedor de la única verdad nos damos cuenta de que se trata de una característica propia de los gobiernos autoritarios. Es en esos momentos cuando la voz popular “la verdad no peca, pero incomoda” hace presencia con galanura. Queda claro que “los otros datos” son una cortina de humo y que la verdad pone de mal humor a quien pensó que gobernar sólo era cuestión de voluntad política y de repartir dinero a los grupos marginados y a las minorías.
Debe ser molesto para una persona como Andrés Manuel López Obrador saber, en la intimidad de los datos duros, que ha aumentado el número de pobres, que la inseguridad pública crece, que la inflación es una realidad y con ella prosperan la insatisfacción popular y los votos de castigo. Por eso se aferra a decir en sus conferencias mañaneras que él rinde cuentas y que es el poseedor de la única verdad. Lo sabe y en su vocación por el uso y abuso del poder tergiversa la realidad. En otras palabras, la verdad le incomoda.











