Lo que en algún momento pasó por mero y desastrado azar (el apagón del 28 de diciembre), hoy ya forma parte del creciente infortunio que se cierne sobre una compañía que un día se pretendió global y que ha dado muestras de estar en una frecuencia muy distinta a la que se precisa, adoptando políticas en sintonía con un pasado cada vez más caduco. 

Sin embargo, en esta ocasión no ahondaremos en cuánta responsabilidad (propia o ajena) reparten desde la CFE, puesto que lo ocurrido con la serie de apagones en nuestro país, al no haber suficiente gas natural proveniente de Texas para la generación de energía eléctrica, no es sino uno de los muchos síntomas de un mal mayor. 

Ya llegará el momento de revisar las posibles omisiones de los funcionarios a cargo de realizar las compras anualizadas del gas natural, de medir el impacto económico que esta falta de previsión ha tenido sobre diversos sectores de una ya muy golpeada industria nacional. Por ahora, es importante aprovechar este momento para reflexionar sobre otro funesto escenario que se avizora cercano. 

Si bien la pandemia es el asunto que nos ha mantenido en situación de alarma durante los últimos meses, el cambio climático es ese mal mayor que tiene años acechando y del cual muchos personajes, de todos los ramos del conocimiento, nos han advertido del peligro inminente. 

Hay una palabra de suma relevancia que permite comprender qué ha pasado y qué se puede hacer al respecto: planeación. Probablemente ninguna compañía energética de las décadas pasadas previó cuándo comenzarían a fallar las estructuras que desarrollaron para el abastecimiento a causa de la impredecible variación en las temperaturas. 

En este sentido, resultan certeras las declaraciones de Bill Gates dada la aparición de su reciente libro: Cómo evitar un desastre climático. El cofundador de Microsoft señala que el problema por el coronavirus es un asunto sencillo, si se le coloca ante la crisis ambiental que se avecina. El magnate (y supuesto filántropo) estadounidense hace un llamado urgente de apostar por las tecnologías que permitan la transición a las energías renovables. 

Con el riesgo tocando la puerta es prioritario y hasta apremiante pensar qué acciones tomar con el objetivo de estabilizar o recomponer el camino para las próximas décadas.  

De ahí la importancia de la planeación, pues no se trata de aplicar remedios momentáneos, sino de implementar estrategias perdurables que disminuyan los estragos del cambio climático de forma premeditada. 

No hay otro lugar como el hogar y, en el caso de nuestro planeta, no tenemos alternativa. 

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