La mañana del 11 de agosto, cuatro policías de la Ciudad de México que trabajaban implementando el operativo “Pasajero Seguro” (que tiene la finalidad de evitar el robo en transporte público) fueron atropellados en Calzada de Tlalpan. El conductor fue detenido al igual que su acompañante que intentó darse a la fuga, ambos se encontraban en estado de ebriedad. El oficial Serafín M. Feliciana murió en el cumplimiento de su deber y sus compañeros fueron hospitalizados. A tres semanas de distancia esta noticia se siente lejana y parece haberse diluido en la memoria colectiva. Podríamos intentar justificar este aparente olvido considerando que vivimos en un país donde, en promedio, más de 70 personas son asesinadas cada día. Sin embargo, esta triste amnesia también es síntoma de otra cosa que debemos confrontar, asimilar y corregir como sociedad.
El mexicano es muy trabajador. Es algo que escuchamos con frecuencia, con un dejo de orgullo, aunque en realidad sabemos que el epíteto no se dirige a todos nosotros (por laboriosos que seamos) sino más bien a aquellos compatriotas que pertenecen a la clase trabajadora y de la cual está lleno nuestro país: en las calles, oficinas, escuelas, en los hogares, hospitales, restaurantes y en las fábricas, por citar algunos ejemplos. Lamentablemente la vanidad que sentimos cuando el mexicano es utilizado como referente de esfuerzo, no se ve reflejada en la calidad de vida de esas mismas personas que comúnmente son tratadas con prepotencia, desprecio y clasismo: sus condiciones de trabajo son deplorables, con salarios muy bajos y los derechos laborales son letra muerta.
Esa desigualdad, irremediablemente, ha derivado en una profunda fractura social. Como lo vimos al principio de este artículo, la muerte de un trabajador en nuestro país se ve como algo casi cotidiano que se documenta en las portadas de los diarios de nota roja y es rápidamente sustituida por la siguiente tragedia. ¿Cómo podemos mejorar como sociedad? Una forma de empezar es identificar que existe un problema: si somos parte de ese problema, aceptarlo con sinceridad y aprender a reconocer el trabajo del otro. Sólo así lograremos sanar la fractura y fortalecernos como grupo humano: teniendo empatía con las familias de las personas trabajadoras que arriesgan sus vidas todos los días y dedicando un pensamiento a su dura labor “que rompe las espaldas”, tal como nos sugieren los Rolling Stones.
Finalmente, no puedo cerrar este texto sin referirme a otro hombre trabajador que en días recientes perdió la vida en el desempeño de su labor: Eduardo Hernández, jefe de Estación del STC Metro, que murió el 20 de agosto en el que fuera su lugar de trabajo por cerca de 28 años. Hago votos por el pronto esclarecimiento de su fallecimiento y para que no olvidemos su vida dedicada al servicio público. Me uno a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo en su dolor.













