Empieza la Semana Santa, esa que marca el fin de la Cuaresma y que da paso a la Pascua. Eso significa que hemos tenido, según el calendario y tradición cristianos, tiempo para la reflexión y la purificación antes de la Resurrección. En toda esa celebración y conmemoración hay otro elemento que se destaca y que resulta muy potente al momento de repasar la historia que se nos cuenta en el catecismo (y que tiene relevancia pues “justifica” estos días de asueto “imperdonables”).
En nuestra cultura son muy significativas las múltiples representaciones del dolor que se recuerda en estas fechas, todas alrededor del viacrucis (“camino de la cruz”), o sea todos los momentos que condujeron a Jesús desde que fue traicionado hasta su crucifixión, sepultura y resurrección. Ese dolor —que se lee en las Escrituras Sagradas y también se ve plasmado en pinturas, estatuas, canciones y todo tipo de representaciones— es resultado del castigo infligido al Mesías por parte de un Imperio romano que veía al enorme número de seguidores con que contaba el nazareno como una amenaza.
En las religiones del Libro (judaísmo, cristianismo e islam) el dolor, la renuncia, el castigo y el sufrimiento son descritos como pruebas divinas impuestas por Dios, por ejemplo: Abraham, Job, Noé y Moisés. Pero, como en la vida cotidiana siempre ocurren excepciones o extravagancias, no faltan los vivarachos que, para ganar acólitos, se autoinfligían una penitencia.
Esos, que antes jamás fueron negados (porque quien lo hiciera perdía poco menos que la vida), se mandaban solitos a ser juzgados, ellos mismos se castigaban y flagelaban, ellos se imponían su propia cruz o se coronaban con espinas. Estos pseudomesías, entonces, se apuntaban a modo su camino doloroso (más allá, incluso, de las catorce estaciones que marca la tradición) con el único fin de demostrar que el pueblo los apoyaba y les era fiel. En suma, que ellos eran y son y habrían de ser el verdadero elegido. Todo con la intención de que la gente dijera, al ver tal calvario: “¡Qué pena más grande está viviendo por nosotros!, ¡salvémoslo!”, o lo que fuera.
Aproximadamente 1989 años después, vaya manera de empezar la Semana Mayor. Sin embargo, en este caso el viacrucis no fue del líder, sino nuestro. Con tal de construir una narrativa de ratificación popular, fuimos convertidos en partícipes involuntarios de un ejercicio inútil donde incluso los que no quisieron participar jugaron un papel: los adversarios. ¡Vaya pen…itencia!















