Hoy en día trabajar más ya no garantiza la posibilidad de tener más ingresos económicos. Lejos y rebasados han quedado los modelos sociales de siglos pasados en los que educación, tecnología, esfuerzo y trabajo eran igual a prosperidad. En el mundo que vivimos, pospandemia, con hiperglobalización, en un planeta enfermo a causa de la sobreexplotación de los recursos naturales, desaparición de especies animales y billones de insectos y en el inicio del auge de las inteligencias artificiales, es pertinente reflexionar sobre el futuro del trabajo y los trabajadores en su día. Hay que recordar las exigencias de «los Mártires de Chicago», que fueron condenados a muerte por participar en la huelga que inició el 1 de mayo de 1886 en Estados Unidos.
En México, momentos estelares e históricos de las luchas obrero sindical quedaron plasmados en el libro de Rosendo Salazar «Las Pugnas De La Gleba». La premisa del texto era incentivar el ideal de que era posible unir a todos los obreros del mundo en una fraternidad que les permitiera acabar con los «injustos sistemas capitalistas». El autor fue uno de los fundadores de «La Casa del Obrero Mundial», organización en la que se crearon sindicatos y uniones de trabajadores que exigieron mejores salarios, prestaciones e indemnizaciones. Buscaron mejorar la educación por medio de las “escuelas racionalistas” en las que la pedagogía era laica y de librepensamiento. Sustentando todo aprendizaje en el trabajo colaborativo.
Gracias a una lucha que duró años, millones de trabajadores adquirieron los llamados «derechos labores»: El contrato social que resultó de la Revolución Industrial, puede dividirse en tres máximas muy claras: 1.- La jornada laboral debe medirse en unidades de tiempo por horas y días. 2.- A trabajo igual, salario igual. 3.- El día debe dividirse entre períodos de trabajo y también de descanso y ocio. Se estableció una jornada máxima de ocho horas diarias, se prohibió emplear a menores de 14 años y se creó el salario mínimo, entre otras conquistas. La distancia física entre la casa y la oficina, incluyendo los tiempos de traslado, ayudaban a garantizar esas condiciones y reforzar la frontera entre el tiempo y el espacio personal. Llegó tarde el reconocimiento del derecho de equidad e igualdad de género. En la actualidad el corporativismo gremial es atacado por los gobiernos, la fraternidad entre colaboradores disminuye, cada vez hay menos sindicatos y, de los pocos que quedan, son escasos aquellos que siguen en la lucha legítima por el bienestar de sus agremiados y no solamente el de sus líderes. Hoy la barrera entre el trabajo y el hogar se colapsó, permitimos que la oficina entrara a nuestras casas o departamentos al conectarnos a una junta por zoom, así llegó el fin del espacio privado y convirtió nuestras salas y comedores en el cubículo moderno.
Las nuevas tecnologías y el trabajo a distancia enfrían la convivencia y camaradería. Ya hay puestos en los que un ser humano pasa toda su jornada interactuando con una inteligencia artificial. Es tiempo de reflexionar qué queremos como especie, ¿seguir el ejemplo de Elon Musk, que avasalla cualquier intento de sus trabajadores por formar un sindicato?, ¿continuar promoviendo el desarrollo tecnológico indiscriminado a cambio de condenar a la humanidad? Lo mejor que se puede hacer es no olvidar ni abdicar en la lucha por aquellos que no tuvieron ni tienen hoy en día un trabajo digno. Por quienes sufrieron y murieron sin tener todos sus derechos laborales. Pero sobre todo por la generación que se levanta y llega…













