Pasan los días y los meses y seguimos envueltos en una retahíla de polémicas de todo tipo, producto de los orígenes más disímbolos. Ahí siguen las tensiones bélicas de las que es imposible quitar el ojo porque, queramos o no, impacta en varios niveles: desde la muerte de miles de seres humanos víctimas de la barbarie —de balas y misiles—, hasta una crisis humanitaria global agudizada por la inflación en alimentos y energéticos. Por supuesto, también están las resentidas filtraciones, las anticipadísimas “no-campañas” corcholateras, y así podríamos seguir añadiendo temas. Sin embargo, existe una discusión que pone los pelos de punta, además de exhibir la menguada coherencia del régimen gobernante.
Cuánto nos ha costado comprobar una incómoda verdad: el auténtico plan del “nuevo” gobierno siempre fue el de mantener en las calles a las Fuerzas Armadas en sus muy diversas, renovadas o rebautizadas variables: pueden ser policías, guardias, ingenieros, médicos, rescatistas, constructores, empresarios turísticos, administradores aeroportuarios, banqueros, ferrocarrileros, agentes aduanales y hasta tianguistas del Bienestar. Ante la incontrolable violencia ejercida por el crimen organizado y la ineficiencia en todas las áreas de gobierno, la única respuesta de la 4T ha sido evitar a toda costa el regreso de las unidades militares a los cuarteles, fortaleciendo al Ejército y a la Marina en todos los ámbitos posibles.
Hace unos días —en un intento de matizar esta militarización del todo— el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, en su comparecencia ante el Senado de la República declaró que: “se ve muy lejana la oscura noche del 68”. Puede ser que 54 años parezcan lejanos pero la herida siempre permanecerá abierta en la memoria. El dos de octubre no se olvida. No es posible, y menos hoy que sabemos que muchos de los perpetradores de ese acto vil pertenecían a las filas del ejército mexicano. El olvido se traduce en oscuridad y, tal como lo advierte la escritora Rosario Castellanos en su Memorial de Tlatelolco: “La oscuridad engendra la violencia, y la violencia pide oscuridad para cuajar en crimen”.
¿Cómo alumbrar esa tiniebla?, ¿cómo ayudar a recuperar la voz a los que se quedaron mudos de espanto?: con el recuerdo. Existe miedo, pero mientras nuestra postura crítica no decaiga, no olvidaremos. Aunque la oscura noche se vea lejana, no olvidaremos. Seguiremos recordando hasta que la justicia tome asiento entre nosotros.
A todos aquellos que perdieron la vida en el 68 les decimos —con nuestros pulmones llenos—: ¡Hermanas y hermanos, vivirán!











