Lo que en un principio sonaba a resignación pasajera, se ha ido convirtiendo en una costumbre extraña. Cuidarnos de la enfermedad causada por el ya nada nuevo coronavirus forma parte de nuestros hábitos cotidianos, los cuales no creíamos que necesitaríamos modificar por un plazo tan largo. 

En medio de la angustia, hemos perdido familiares y amigos. Por eso, por su memoria y por prevención, debemos mantener las medidas que sabemos son eficientes para disminuir el riesgo de contagio y para evitar desarrollar las formas más graves de la enfermedad: la sana distancia, lavado constante de manos, uso correcto del cubrebocas, evitar aglomeraciones, ventilar espacios cerrados y acudir a vacunarnos. No debemos dejar de observar esto: seguimos formando parte de una comunidad, a pesar del aislamiento pandémico y de las inquinas a nivel nacional que buscan dividirnos. Mientras nos cuidamos a nosotros mismos, cuidamos de los otros. 

Aunque parezca sorprendente, en los países más “desarrollados” sigue haciéndose presente una ola de movimientos que niegan tanto la existencia del COVID-19 como la importancia de inocularse. Las redes sociales son un caldo de cultivo para todo tipo de teorías y absurdos que pueden llevar a dos extremos peligrosos: por un lado, protestas violentas y conductas irresponsables por parte de aquellas personas que dicen que usar cubrebocas o vacunarse atenta contra sus libertades; por el otro, los gobiernos que implementan medidas represivas y autoritarias en contra de la ciudadanía (basta con ver las imágenes de manifestantes siendo atacados por perros policías en Ámsterdam o los abusos policiales contra civiles en Australia). 

George Harrison ya nos los advertía: hay que tener cuidado con ciertos líderes porque “Te llevan a donde no deberías ir”. Negar la existencia de una enfermedad que ha cobrado la vida de millones de personas en todo el mundo, minimizar el riesgo de contagiarse de un virus que puede traer secuelas graves para la salud o sugerir usar un ungüento aromático, té y “caricias” para su tratamiento son actos de negligencia, en algunos casos movidos por la ignorancia, que derivan en una misma consecuencia: vulnerar al otro. Es así como, en estos tiempos de semáforos incomprensibles (carentes de sentido y utilidad) e incertidumbre por la falta de pruebas y medidas claras por parte de las autoridades, debemos asumir una vez más la responsabilidad ciudadana de protegernos, y proteger, de la mejor manera posible. Además de los golpes de la tristeza o de la oscuridad, también hay que cuidarnos del virus más transmisible que se haya registrado en la historia.