El 31 de enero de este año, un vehículo militar fue destruido cuando pasó sobre una mina antipersonal lesionando a cuatro soldados que lo ocupaban. Pocos días después hubo otra explosión. Esta vez no fue un vehículo militar, fue un campesino el que pisó el artefacto explosivo: el 12 de febrero, don Cristóbal, de 78 años, iba caminando con su hijo hacia su parcela para recolectar limón, el señor murió instantáneamente y su hijo quedó herido. Finalmente, el 18 de febrero, tres vacas estaban pastando cuando alguna de sus patas detonó inadvertidamente uno de estos explosivos, todas perdieron la vida.
Esos tres eventos, que fácilmente podrían corresponder a los Balcanes, Irak, Afganistán o las zonas más conflictivas de África, ocurrieron en diferentes regiones de Michoacán y sirven para ilustrar un hecho perverso: a una mina no le importa qué o quién la pise (sea hombre, animal o quimera), estos artefactos “duermen” ocultos bajo tierra esperando a ser despertados en un estallido. Ese sueño puede ser muy largo y basta con citar un ejemplo: a casi 80 años de que terminara la Segunda Guerra Mundial, en Egipto todavía hay minas de ese periodo que siguen activas.
¿Qué está pasando en México? En menos de un mes, elementos de la Secretaría de la Defensa han desactivado al menos 250 “minas artesanales” en distintos municipios de Tierra Caliente, presuntamente colocadas por el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Esto es preocupante por varias razones. En primer lugar, como ya lo vimos al inicio del presente texto, estos explosivos pueden matar o mutilar a cualquiera (criminales o inocentes, sicarios, soldados o civiles… hasta animales) y permanecen escondidas décadas después de que termina un conflicto, convirtiéndose en una amenaza para todo el que pasa por ahí sin saber que está caminando sobre un campo minado. Además, por si esto fuera poco, la historia nos enseña que las tácticas utilizadas por los grupos criminales suelen expandirse a otros territorios y a ser replicadas por los demás carteles.
La impunidad y la falta de una estrategia adecuada para hacer frente al crimen organizado han dado pie a esta nueva pesadilla en Michoacán donde, literalmente, están sembrando terror y muerte. Las personas y los conflictos pasan, pero las minas no. Esos asesinos indiferentes esperan somnolientos a que cualquier víctima los haga estallar. La paciencia de las minas es infinita, en eso radica su peligrosidad.













