Enrique Escobedo
Los legisladores de Morena en su desplegado del día 15 de los corrientes sostienen que “Andrés Manuel López Obrador encarna a la nación, a la patria y al pueblo”. Lo cual es una actitud abyecta, servil y, por si fuera poco, de redacción cursi y decimonónica. El caso es que un presidente no personifica esa triada en una democracia, pues una sociedad que piensa igual es una sociedad que piensa poco. Lo que representa un presidente por su investidura es al Estado, al gobierno, es jefe de las Fuerzas Armadas y debe ser un procurador de justicia social para todos, si por justiciero se entiende a la persona que observa y hace observar la ley sin favoritismos, ni prejuicios. Es más, sin profundizar exhaustivamente, la justicia es conmutativa o restaurativa. En el primer caso se refiere a que, si alguna persona se adjudica de un bien que no le pertenece, incluyendo la vida de otro ser humano, deberá pagar dando algo a cambio y eso es la libertad. En el segundo caso se refiere a que si alguien viola la ley, el Estado o la persona afectada tendrán derecho a que se les resarza o subsane de alguna manera el daño sufrido; usualmente es multa o prisión. En otras palabras, la justicia es una virtud y de ninguna manera es venganza.
Por lo anterior, un presidente no puede ser vengativo. No obstante, si en el pasado fue perseguido. Por ejemplo, tenemos la figura de Nelson Mandela quien después de haber sufrido prisión, llegó a presidente de Sudáfrica y llamó a la reconciliación. Tampoco un presidente puede aducir que por ser defensor de los pobres ahora su gobierno será en contra de quienes posean bienes y dinero, ya que entonces no sería un presidente que procura la justicia, sino un resentido social que utiliza su cargo a fin de vengarse en nombre de los marginados.
Otra actividad que no puede hacer un presidente en una democracia es confrontarse con los medios de comunicación y con algunos periodistas que critican legitima y legalmente su gestión. En otras palabras, no puede argumentar que actúa en legítima defensa, perseguir y amagar a periodistas debido a que tachan su desempeño como servidor público o exhiben a familiares que recurren a la vieja figura corrupta de tráfico de influencias en instituciones de la Administración pública. Nadie lo está atacando en su persona y por lo mismo, no puede desde el poder presidencial argumentar que se defiende.
Lo anterior se debe a que la legitima defensa se concibe, al menos, con tres acepciones. La primera se refiere a que nadie lo ha agredido físicamente, ni ha sustraído bienes de su posesión. La segunda alude a que quien se defiende no debe actuar desmedidamente. Por ejemplo, el dueño de una tienda de abarrotes no puede matar a un niño porque lo vio robando un paquete de goma de mascar. Pues la legitima defensa debe de ser proporcional y racional, en su caso, al daño sufrido. La tercera sostiene que, si no hay agresión o provocación, no se puede argumentar la figura de la legítima defensa. Aquí el ejemplo es el del violador de una mujer que replica que ella traía minifalda y por lo tanto fue provocado, por lo que a decir de ese individuo la culpa es de la víctima.
Queda claro que los periodistas y los medios no estamos sustrayendo bienes que son posesión del presidente de la República, ni henos penetrado a su hogar, ni le hemos hecho daño físico a él, ni a sus familiares. Aún más, el Código Penal Federal en su libro Primero, Título Primero, de la Responsabilidad Penal, Capítulo IV Causas de Exclusión del Delito no tipifica que una persona servidora pública pueda utilizar recursos públicos esgrimiendo legítima defensa por el hecho de ser cuestionada en el desempeño de sus funciones.
Puedo entender, si acaso, que el uso de la expresión “legítima defensa” sea parte del discurso político si se utiliza en el caso de alguna agresión verbal desde una nación extranjera, pero no debido a las críticas periodísticas por los excesos de corrupción o a la ineficacia gubernamental. De ahí que la desmedida legítima defensa que el presidente López Obrador arguye en contra de periodistas y medios es un rechazo a la realidad, un amago en contra de la libertad de prensa y un solapamiento a los errores de su gestión.












