Francisco Rodríguez
Cada jefe del Ejecutivo Federal llega a su ceremonia de toma de posesión con su propia banda presidencial.
A través de un enviado se le hace llegar a quien pronto dejará las jefaturas de Estado y de Gobierno, ya para que sea él –o quien en ese momento presida la sesión solemne del Congreso de la Unión– quien la cruce sobre el pecho del sucesor.
Dirá usted que quizá esta tradición forma parte de un protocolo.
O que el saliente se la quiere llevar a su casa para ornar su egoteca.
Y no faltará quien afirme que no es sino una mera superstición.
Algo hay de “ambas tres” versiones, jejeje.
Aunque, en realidad, el cambio de banda presidencial se lleva a cabo porque la del antecesor ya no está en condiciones mínimamente presentables.
Se va desgastando al paso de los meses, de los escándalos, de los abusos de poder y aún de las corruptelas de quien la portó durante un sexenio.
Para no irnos tan lejos en el tiempo, veamos como ejemplo la que Ernesto Zedillo se llevó a su residencia en New Haven, Connecticut: quedó muy pero muy manchada, luego de que su portador convirtiera los errores, raterías y las deudas de los neobanqueros en deuda pública que toooodos los mexicanos acabaremos de pagar hasta dentro de unos 70 años, si es que antes no sobreviene otro fraude de los millonetas que algún gobierno vuelva a cargar sobre las espaldas de quienes pagamos impuestos.
Brida para equinos, para cernir harina y hasta sin águila
La banda presidencial que Vicente Fox se llevó al rancho que era de su mamá en San Francisco del Rincón, Guanajuato, estaba casi casi nuevecita. Nunca supo ni siquiera cómo usarla. La traía su entonces recién adquirida esposa, Marta Sahagún, a veces como diadema y otras ocasiones hasta como estola en las funciones de gala de la fundación “Atraquemos México” –o algo así se llamaba– con la que prácticamente asaltó y/o chantajeó a todo el empresariado nacional. Hoy es la brida del caballo favorito del expresidente.
Felipe Calderón la dejó toda agujereada. Primero la mordía, cuando se escondía tras ella cada que salía a relucir el tema del fraude electoral por el que llegó a Los Pinos. Luego, el fuego cruzado de la delincuencia organizada contra sus delincuentes desorganizados en la Secretaría de dizque Seguridad Pública, encabezada por Genaro García Luna. Hoy se usa como cernidor de harina en la cocina de su muy crecida mansión de casi tooooda una manzana en la colonia Las Águilas del sur de CDMX.
La banda de Enrique Peña Nieto –me refiero al trapo cada vez más deshilachado con la que se fotografiaba de vez en vez, no hablo hoy de la banda de rateros en la que se convirtieron el PRI, sus secretarios de Despacho y la gran mayoría de los gobernadores– se quedó sin águila. Y es que cuando se enteraron de que estaba bordada con hilos de oro, Pues también se la llevaron. No dejaron nada. Así que, prácticamente inservible una y con algunos de sus miembros en la cárcel, la otra, cuando EPN huyó de México la dejó en el museo que se mandó a construir en Ixtapan de la Sal, Estado de México.
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