Nada fácil la tiene el presidente de México, pero él ya sabía que asumir el poder implicaba todo, lo bueno y malo. Tuvo años para prepararse y luego meses en los que pudo armar un entorno favorable dentro del país, pero a cambio ¿qué hizo? Dividirnos entre corruptos y honrados, chairos y fifís, además de tomar decisiones económicas que causaron desconfianza en su buen juicio y en la aplicación de la ley.

No, no se trata de decir que esté mal de sus facultades mentales sino que toma decisiones viscerales, no las mejores para México, sino para su forma de ver la realidad.

Hoy se enfrenta con la resta de talentos, con un entrono ríspido en su propio país al que pide una unidad que él se dedica a golpear en Palacio Nacional desde donde declara la guerra a sus “opositores” a sus “adversarios” en vez de sumar aliados en favor de México, neceando incluso sobre cifras, datos duros que hablan de una realidad que no ve o se niega a aceptar.

Hay poco tiempo para recomponer; necesita a todos para enfrentar los retos internos, los embates externos y aprovechar que quienes aquí vivimos estamos listos a la convocatoria de alguien que se asuma líder de todos, no de una facción.

Porque nuestro país no es 30 millones de votos, sino 125 millones de mexicanos y más… 

Nosotros…

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