Jorge Gaviño Ambriz 

La construcción y configuración de nuestro mundo se basa en la diversidad de lenguas, de pensamiento y de pareceres; de tradiciones y rituales. Es una situación normal dada la extensión de territorio habitable y la cantidad de personas que poblamos nuestro tan machacado planeta. Asimismo, las malinterpretaciones de esa diversidad han provocado las más atroces acciones por parte de nuestros congéneres. Sirvan de ejemplo la guerra y los fundamentalismos religiosos, los cuales, cuando son de Oriente Medio, parecen una síntesis de todo lo que convendría dejar atrás, olvidando o ignorando que el mundo Occidental tiene su propio historial de intolerancia y represión.  

Una muestra casi atemporal de estos impulsos restrictivos la encontramos en la censura de libros por motivos religiosos, morales o políticos. Parecería que “el estado de las cosas” es tan frágil que basta una idea para romperlo en pedazos. Estas publicaciones son material inflamable, metafórica y literalmente: piénsese en la década de los 60 cuando los discos de los Beatles fueron lanzados a la hoguera por decir que eran “más famosos que Jesucristo”.  

Un ejemplo más extremo de censura es la que se posa sobre el escritor indobritánico Salman Rushdie. El 14 de febrero de 1989 —entre otras cosas: día del amor y la amistad—, el ayatolá Jomeini promulgó una “fatwà” (un decreto religioso) sentenciándolo a muerte por las supuestas blasfemias articuladas en la novela “Los versos satánicos”. Dicho libro consta de una humanización de lo divino: Gibreel Farishta y Saladin Chamcha sobreviven milagrosamente a un accidente aéreo provocado por un atentado terrorista. Después del atentado, Gibreel empieza a parecerse al arcángel Gabriel (quien le reveló el Corán a Mahoma) y Saladin a un demonio. Una sugerente burla que no fue bien recibida por las autoridades del islam, de ahí el fatídico veredicto al que se sometió a Salman: condenado a muerte por escribir. 

Como respuesta a ese brutal llamado —y quizás como una ironía macabra que resalta aquello de que “nombre es destino”—, el 12 de agosto de este año Hadi Matar se convirtió en verdugo y apuñaló al escritor en la ciudad de Nueva York. A pesar de la violencia del ataque, Salman sobrevivió. Su hijo Zafar dijo que: “Aunque las lesiones que le cambiaron la vida son graves, su habitual sentido del humor luchador y desafiante permanece intacto”. Se observa aquí lo paradójicamente bella que es la vida con los insensatos: al querer acabar con la existencia de Rushdie, ocurrió lo contrario. Los lectores habremos de conferirle más vida a través de sus obras que han cobrado un nuevo valor vinculado estrechamente a la libertad de expresión y la imaginación crítica. Hago votos por la recuperación del escritor, y que su desquite venga en forma de letras que ayuden a iluminar la oscuridad que produce la ignorancia.