Aleinad Mina

Así habló Zaratustra, es la obra maestra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Este libro publicado en 1885 contiene las ideas fundamentales del autor, considerado uno de los filósofos más importantes del pensamiento occidental. Con sus reflexiones, profundas y poéticas, el texto nos lleva a reconocer la intimidad, nos presenta diversos modos de ser y acontecer para sondear nuestro abismo interior, descubrir nuestros matices psicológicos y saber cómo opera nuestro vínculo con el mundo.

Dentro de la pluralidad de modos de ser que nos muestra con su recorrido Zaratustra, encontramos en el discurso En las islas afortunadas, un espacio mítico que se puede interpretar por su simbolismo como un espacio de gozo y plenitud. Las islas son un escenario idílico de sobreabundancia otoñal, con un cielo claro y despejado. El narrador se encuentra rodeado de amigos cerca de una generosa higuera de la cual caen frutos, a los que figura como sus enseñanzas. Zaratustra es un portavoz, como menciona Martin Heidegger, que nos habla de la vida, del sufrimiento y del círculo como principios de una compleja unidad, y nos narra cómo estos principios se instalan de manera particular en cada escenario.

Las islas son símbolo de un refugio desconocido, sorprendente, una morada de los bienaventurados en dónde se encuentra un corazón libre que disfruta su centro espiritual, un posible final del camino iniciático. Un lugar de dicha, de sobreabundancia y regocijo al que pocos hombres pueden acceder.

Tras abandonar la doctrina de Dios, el filósofo centra su atención en el hombre, bajo el principio de que en su voluntad está el devenir. Aquí Zaratustra es el portavoz del poder creador humano, que llama a honrar lo perecedero, con el sufrimiento como punto de partida para el acto creador. Al asumir el devenir como fundamento de la realidad, la muerte como posibilidad de transformación juega un papel fundamental, porque mide la fuerza de la voluntad, y el dolor no es una objeción para que la vida se detenga, sino un tónico para transformar la experiencia.

La enseñanza se sitúa en la cima del poder creador, como una fuerza que sobrepasa la condición humana del hombre. Es un movimiento redentor que transmuta la experiencia del humano demasiado humano. Para que ocurra el desplazamiento -entre lo que se es y lo que se anhela llegar a ser-, se tiene que mortificar el ser y todos aquellos principios metafísicos, valores, actitudes, hábitos que lo sujetan, para alcanzar el centro espiritual primordial. Ahí está la sombra del ultrahombre que llegó a concebir Zaratustra; su deseo es ser el martillo que modela la piedra, como una imagen que semeja la destrucción del hombre para posibilitar la llegada del superhombre.

“Crear; ésa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Más para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones. […] El querer hace libres; ésta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad; así os lo enseña Zaratustra”, afirma Nietzsche.

Si la vida es un mar agitado en sus retos e inmenso en sus posibilidades, naveguemos rumbo a la isla soñada, donde a partir de nuestras verdades, valores y principios, creamos nuestro propio mundo.