Aleinad Mina
La artista serbia Marina Abramović logró colocar la performance dentro de distintas instituciones artísticas; se desplazó por diversos territorios internacionales, posicionando su práctica como una disciplina relevante para la creatividad humana. Su carrera ha tenido grandes reconocimientos dentro del arte contemporáneo, este mes recibió el Premio Princesa de las Artes 2021, como propuesta de María Sheila Cremaschi, directora del Hay Festival de Segovia.
Una mujer apasionada que se coloca hoy como “la diva del performance” dentro del campo cultural contemporáneo por el talento y la fuerza creativa que de ella emana. Su obra es viviente, fugaz e intempestiva, un referente dentro de esta disciplina artística que es la ruptura de las propuestas escénicas tradicionales y por esto, controversial.
La experiencia artística que nos ofrece la performance apela al cuerpo, a la improvisación y al contacto con lo colectivo, en palabras de Marina Abramović: “El performance artístico es un arte transformador; transforma de una manera que otras formas de arte no hacen, porque es un arte vivo. Hay que estar ahí para experimentarlo y cuando se acaba, se acaba para siempre.” De modo que con la performance se amplifican los valores artísticos tradicionales, dicha práctica apela al cuerpo, a lo efímero, a la colectividad. Se difumina la figura del artista junto con el objeto artístico pues lo que hay es una circunstancia transitoria y transformadora que se crea por la conjunción entre el artista y el público. Aun así, es superfluo pensar que estos valores garantizan la experiencia artística, se requiere estar presente y ver qué proyecta ese instante creativo.
En el caso del trabajo de Abramović, propone llevar al límite la experiencia del cuerpo, poner la propia vida en permanente riesgo, la vulnerabilidad del cuerpo ante su presencia en el mundo y su propia pasión. Su arte encuentra su propósito en la propia complejidad de la experiencia humana, no busca el ámbito político o religioso, sino que se instala en lo que el cuerpo puede. Las prácticas que realiza la artista serbia se nutren de culturas ancestrales que integran la mente y el cuerpo, señala que: “En la cultura occidental usamos tanto la mente que apenas tenemos relación con nuestro lado espiritual, con nuestro lado físico.” Y explora, el vínculo con la violencia, el atrevimiento, la sexualidad, la pasión, los límites de la acción y el silencio.
En 1973 presentó su primera pieza Ritmo 10, la performance consistió en puntear con 20 cuchillos cada uno de los espacios de los dedos abiertos de su mano sobre una mesa. A esta primera pieza le sucedieron Ritmo 5, Ritmo 2, y ritmo 0 quizá su obra más conocida en la que durante seis horas la artista inmóvil colocó sobre una mesa 72 objetos que la gente le permitiera usar en la forma que ellos eligieran para causarle placer, daño; entre los objetos había tijeras, un cuchillo, un látigo, una pistola y una bala.















