Enrique Escobedo
La obra La utopía del inglés Tomás Moro publicada en 1516 versa acerca de una comunidad pacífica que vive en una isla en la que existe la propiedad común de los bienes, no hay conflictos, el voto popular es una realidad y todos sus habitantes son felices. De alguna manera es un libro que retoma algunas bases platónicas acerca de una sociedad idealizada. Más aún, etimológicamente la palabra utopía significa en ningún lugar. Es un libro que aspira a presentarnos la idea de sociedad perfecta, pues no hay crimen, ni envidia, ni inseguridad, ni desempleo. Todos viven honradamente de su trabajo y ya no existen las carencias.
Por lo anterior que es una obra que nos conduce a pensar en un posible y atractivo propósito de vida y por eso logra adeptos y millones de seguidores en todo el mundo. Más aún, a la idea de la utopía se sumaron pensadores del siglo XIX como Roberto Owen en Inglaterra o Saint-Simon en Francia. A los cuales, por cierto, Carlos Marx les llamó socialistas utópicos y propuso la idea de un socialismo científico. Lo cual significa que para él y Engels la idea de aspirar a lograr el ideal de una sociedad sin clases era posible. De ahí que no me sorprende que la economista Clara Brugada propusiera crear centros sociales llamados “utopías”. Es decir, islas de felicidad suprema en cada alcaldía de la ciudad de México. Algo semejante a la canción “imagina” de John Lennon.
Sin embargo, ese ideal de sociedad feliz e inmutable atenta en contra del espíritu humano. Léase, la condición humana es innovadora, creativa, crítica, auto critica e intelectualmente inquieta. Además de poseer virtudes tales como la entrega del amor, la búsqueda de la prudencia, el encuentro con el justo medio, la procuración de la justicia equitativa y la acción del valor audaz. Por supuesto, también es parte de nuestra naturaleza la soberbia, la intolerancia, la intransigencia, la envidia, la ira y la búsqueda inescrupulosa del poder, su uso y abuso, por citar algunos de los que considero nuestros yerros.
En mayor o menor medida todos los seres humanos tenemos esas cualidades y esos defectos y se agudizan más o menos en ciertas personas. De ahí que ni somos planos, ni lineales, ni todo es cuestión de temperamentos. Es cierto, podemos educarnos y superarnos y aunque podemos fortalecer nuestras virtudes y mitigar nuestros defectos o atenuar, sucede que a todos, en algún momento de nuestras vidas nos ha dominado la ira por citar un ejemplo.
En lo personal no me puedo imaginar una sociedad uniforme, homogénea, plana y sin curiosidad, ni inventiva. Tal vez uno de los ejemplos que más retratan el carácter humano es aquel que sostiene que los hermanos Wright concibieron el avión porque no sabían que volar era imposible. En otras palabras, superar retos y desafíos es parte intrínseca de la condición humana. Soñamos y luchamos por hacer realidad nuestros anhelos, pues no somos conformistas, ni aceptamos las derrotas a priori. Nos gustan los retos y nos estimula superarlos. De ahí que las utopías tienden a la estabilidad y al equilibrio perpetuo; algo que es a todas luces contra natura. El idealismo estático es hermoso y atractivo, pero el que a mí me cautiva es el que no tiene metas, ni objetivos, ni fines, sino el que tiene propósitos continuos entre convergencias y divergencias.














