Enrique Escobedo
De entre las muchas noticias sombrías que leí el pasado 21 de agosto, una me resultó por demás extremadamente amarga. La organización civil Mexicanos Primero advirtió acerca de los resultados del modelo de la llamada “Nueva Escuela Mexicana”. Las cifras alcanzadas por el alumnado de educación básica se incrementaron a nivel nacional respecto al índice de baja comprensión lectora, así como el de las habilidades matemáticas. Las cifras son alarmantes indicó la señora Patricia Vázquez, quien sostiene que siete de cada diez niños presentan deficiencias en la comprensión lectora. Me queda claro que la noticia se debe a motivos multifactoriales, entre los que destaco la pandemia del Covid, la implementación del nuevo modelo educativo, las luchas sindicales magisteriales, la deficiente alimentación de muchos niños, el desinterés de los padres de familia y la falta de oportunidades lectoras. Se trata de un problema serio, pues el problema corre el riesgo de ensancharse y que esa niñez, mañana, seguirá sin comprender lo que llegue a leer.
En paralelo, México enfrenta en muchos municipios del país, poco más del treinta por ciento del territorio sostienen algunos analistas en seguridad pública, eso que le denominan Estado fallido. Léase, un país que ha perdido su capacidad de mantener el Estado de Derecho, el orden público, proteger a sus ciudadanos de criminales, administrar justicia, controlar sus fronteras y atender los servicios públicos básicos de infraestructura y de calidad de vida. Lo cual significa pérdida del control territorial y debilidad institucional con lo cual desaparece la gobernabilidad.
En otras palabras, un Estado fallido es una nación en la cual cogobiernan los criminales y “las autoridades formales”. De ahí que el devenir de ese país es la incertidumbre y la muerte en vida, ya que asesinar a la educación es asesinar el futuro de una nación. Es condenarla y hundirla en el Estado fallido.
En México, los días de clase, de acuerdo con el calendario de la SEP, oscila entre 190 y 200 días al año. Pero en estados como Chiapas, Oaxaca o Guerrero las escuelas públicas, de acuerdo con organizaciones de la sociedad civil, abren aproximadamente entre 60 y 70 días.
Tamaulipas, por decir un ejemplo, puede recuperarse y dejar de ser un Estado Fallido si la voluntad política se impone y se gobierna con mano firme, pues su niñez tiene mayores y mejores oportunidades educativas. Pero Chiapas, Oaxaca o Guerrero no lo lograrán pues la educación es de baja intensidad y consecuentemente la comprensión lectora seguirá deficitaria.
Es común pensar que un Estado fallido es debido a problemas de inseguridad y a la falta de aplicación del Estado de Derecho, lo cual en muchos sentidos es lo correcto. Empero pocas veces reconocemos que la mala educación es uno de los principales detonadores de ese Estado fallido.
En la medida en que se descuida la educación de un país, se hace exponencial el riesgo de un Estado fallido. Pareciera que esa es la intención del segundo piso del obradorato, tener a un pueblo ignorante y subsidiado que no piense, no critique y no cuestione al gobierno. Es cierto que con el actual modelo educativo Morena tendrá a un pueblo dócil, obediente y sumiso. Pero no es el futuro que yo quiero para México. Son dos visiones y dos configuraciones de nación. Están confrontadas y el desgaste previsible es aterrador. Lo peor es que la parte oficialista va ganando.














