Enrique Escobedo  

La independencia de México, como un acto triunfal fue el 27 de septiembre de 1821. El hecho lo conocemos como la entrada del triunfante Ejercito de las Tres Garantías a la Ciudad de México. Al día siguiente se proclamó el bando intitulado Acta de Independencia del Imperio Mexicano. En lo político se integró la Junta Provisional Gubernativa que derivó en un golpe de Estado Técnico conocido como el Primer Imperio (mayo de 1821 a marzo de 1822) con Agustín de Iturbide y cuyo fin monárquico fue la proclamación del Plan de Casamata que derivó en la instauración de la República Federal en 1823. 

El tema de la monarquía quedó en vida latente y el debate en México versó sobre todo en la lucha entre centralistas y federalistas, así como entre dos bandos; conservadores y liberales. Fue hasta la década de los años sesenta del siglo XIX que resurgió el tema de la monarquía con la llegada de Maximiliano de Habsburgo. Para nuestra fortuna volvió a triunfar la idea de la República con Benito Juárez.  

Sin embargo, Porfirio Díaz cimentó la idea de un presidencialismo fuerte, avasallante y omnímodo que terminó en una dictadura. De ahí uno de los motivos del estallido de la Revolución Mexicana en 1910. Pero con el triunfo de los revolucionarios se fue acentuando lo que Enrique Krause y otros historiadores denominaron La Presidencia Imperial.  

Léase, un gobierno que desde el poder Ejecutivo dominó a los otros dos poderes, centralizó de facto la vida política nacional y asfixió al federalismo y al municipio libre. Se trataba de un presidencialismo sin contrapesos, prácticamente intocable, dominante de los procesos electorales a través de la maquinaria del Partido Revolucionario Institucional.  

El corporativismo de los sectores obrero, campesino y popular se materializaba en las cámaras de diputados y de senadores. La movilidad política se encarnaba en equipos políticos bajo la égida de La Línea y la disciplina partidista.  

La Administración pública se concibió como un botín y no fue sino hasta el año 2000 que la sociedad civil y los partidos políticos de oposición empezaron a concebir una naciente democracia electoral y se olvidó la democracia de la vida cotidiana. Empero los presidentes provenientes del Partido Acción Nacional siguieron comportándose como imperiales. Situación que se acentúa aún más con el partido Morena. 

Lo anterior viene a colusión porque ante el fallecimiento de Isabel II del Reino Unido fue claro que esa monarquía constitucional tiene sólidas bases institucionales, es una nación orgullosa que ve en su monarca un elemento de unidad y solidaridad y, sobre todo, ha sabido amalgamar a la corona con la vida democrática. Allá son un país de tradiciones, usos y costumbres que encontraron que su hilo conductor a la modernidad es el permanente simbolismo de la corona.   

Ser democrático no es sinónimo de ser republicano, ese mito cae por tierra si analizamos a las monarquías constitucionales, pues la vida democrática va más allá del voto, es ante todo el gobierno en favor de las mayorías y la inclusión de las minorías, es ser tolerante, incluyente y defensor de las libertades y Derechos Humanos.  

Es defender la división de poderes y la educación pública. Es abrir oportunidades de movilidad social, así como fortalecer políticas públicas desde el ámbito de lo local. Es proclamar los valores históricos y comportarse con respeto a la disidencia. Lo cual acontece en el Reino Unido, Países Bajos y Dinamarca por citar algunos ejemplos. 

Me han sorprendido esas voces que se dicen de izquierda y que es el momento de que Inglaterra sea una República. Que la corona es una figura decorativa y que es momento de que desaparezca. Lo cual, desde mi punto de vista es un error. El Reino Unido es grande, entre otros motivos, por su idea de monarquía constitucional y gobierno parlamentario.  

Es hora de que en México afirmemos nuestro republicanismo acotando la Presidencia Imperial que tanto gusta a esta gestión y ojalá el licenciado López Obrador comprenda que no es lo mismo ser jefe de Estado que jefe de Gobierno y, consecuentemente, que si reúne ambos conceptos sepa diferenciarlos democráticamente como acontece en el Reino Unido.