Han pasado más de tres años desde que el Congreso reformó la Ley de Residuos Sólidos para prohibir los plásticos de un solo uso en la Ciudad de México y el resultado al día de hoy ha sido pírrico. Ninguno de los diputados de la pasada legislatura imaginamos que a inicios de 2020 llegaría una pandemia que cambiaría la vida de los capitalinos y de los mexicanos. Los envases desechables volvieron a ser una alternativa para la nueva cotidianidad. Sin embargo, no podemos seguir siendo omisos ante el cambio climático ni postergar más a las siguientes generaciones las acciones que nosotros debimos emprender. 

Como especie estamos a 100 segundos del apocalipsis de acuerdo al reloj del fin del mundo creado hace 75 años (en un contexto de tensión mundial de que se diera una guerra nuclear que acabara con la humanidad) por integrantes del Proyecto Manhattan. Si pretendemos que las manecillas se alejen de la hora fatal, que es a la media noche, necesitamos enmendar el camino. Se pueden hacer leyes muy bien escritas, pero de nada sirven sino se cumplen. 

La solución no solo la tienen los gobiernos, los científicos y los artistas. El cambio nace con pequeñas acciones que nos lleven a grandes resultados como: evitar comprar botellas de agua en la calle y en su lugar usar un termo reutilizable; llevar nuestras propias bolsas de tela al mercado y a las tiendas y evitar desperdiciar el agua. Estas acciones que son solo un ejemplo, nos deben de llevar a desperdiciar y contaminar menos cada día.  

Hasta el momento no tenemos otro planeta al cual ir cuando hayamos terminado con este, por eso todos nuestros esfuerzos se deben encaminar a cuidar y preservar nuestro hogar.   

Cuando los más pequeños presionen socialmente al no comprar determinados productos o marcas, rechacen a los políticos que no estén comprometidos con el planeta y practiquen una forma de vida más cercana de la tierra y más lejana del consumo, es cuando podremos decir que hemos llegado a un cambio que nos alejará de la extinción.