Enrique Escobedo

Tengo conocidos e incluso amistades que manifiestan con entusiasmo su adhesión al presidente López Obrador y su proyecto transformador. Están convencidos de que es el mejor presidente que ha tenido México en lo que va del siglo y expresan su convicción de que es lo mejor que le ha ocurrido a nuestro país en las últimas décadas. Me salpican de ejemplos aislados, sin datos duros y de ahí que sus argumentos me parecen de alguna manera inconsistentes. Hablan del control inflacionario, pero no aluden a que el costo de los productos básicos se quedó por los cielos. Me dicen que ya se superó la corrupción en los mandos superiores de la Administración pública y se conforman con repetir que ese flagelo ahora está en algunos burócratas de poca monta. Reconocen que el manejo de la pandemia tuvo ciertas fallas y que la estrategia de abrazos y no balazos rendirá frutos. Los cuales sólo los ven ellos.

Se trata de citas aisladas y argumentos semejantes a los del cuento del burro que tocó la flauta. El problema es que no logran esquematizar y sistematizar los elementos propios de los cinco pilares que cimientan una política gubernamental. Léase, no despliegan sus tesis con base en los análisis de política interior, exterior, económica, social y de infraestructura. Los seguidores del actual gobierno no me han podido explicar en qué consiste la cuarta transformación. De ahí que escucho de ellos toda una gama de interpretaciones subjetivas y personales. Algunos me dicen que se trata de poner fin al modelo económico neoliberal, otros me esgrimen que es la lucha en contra de la corrupción. Hay quienes con voz engolada y lenguaje corporal engreído sostiene que es revolucionar las consciencias de todos los mexicanos, pero no son capaces en cinco minutos de explicarme con peras y manzanas que alcances tiene dicha revolución y, en el mejor de los casos, me remiten a leer el libro de Peter Russell, con lo cual me queda claro que ni ellos lo han leído.

Por el otro lado, mis amigos y conocidos que tienen antipatía y desdén hacia el tabasqueño tampoco son sólidos en la argumentación metodológica y estadística, por la cual simplemente desconfían de las causas y los efectos de las decisiones presidenciales; también argumentan sin cifras, ni proyecciones numéricas. En otras palabras, hoy vivimos una sociedad polarizada, digamos chairos contra fifís, que se avientan lodo y son incapaces de un bando y del otro de reconocer los aciertos gubernamentales, así como las pifias. Lo cual es preocupante debido a que los extremos no son buenos consejeros y nos hacen perder objetividad.

Lo interesante del caso es que en el microcosmos en el que me desenvuelvo veo entre los detractores del presidente López Obrador más seriedad en sus análisis que en las filas de sus paladines. Los morenistas son inhábiles para reconocer que todo gobierno tiene claroscuros, que el presidente tiene traspiés y lo defienden en rubros indefendibles como es el caso de la destrucción de la selva chiapaneca o de la inseguridad pública o de la pifia de la ley es un cuento. Son seguidores que prefieren caer en el ridículo antes de reconocer que el presidente se ha llegado a equivocar.

Sinceramente me pregunto ¿qué le ven al presidente que los tiene seducidos? Y no logro encontrar la respuesta. Son personas a las que por los años que tengo de conocerlas las consideraba inteligentes. Pero hoy me sorprenden por la baja calidad de sus argumentos que en muchos casos son francamente pueriles. Tal es el caso de algunos de mis conocidos que se dicen de izquierda y siguen al presidente porque él se dice de izquierda. Lo cual me parece incongruente, ya que la izquierda reconoce el valor de la crítica y la autocrítica.

El caso es que no sé qué le ven al presidente tantos mexicanos. Es a mi parecer un fenómeno de masas semejante al que engendró Mussolini en la Italia fascista. Yo, en lo personal, no veo en términos estadísticos ni de valor agregado el bienestar del país del que ellos hablan. Sinceramente no advierto lo que sus seguidores observan y es una incógnita que espero despejar algún día. O tal vez ocurra que el pueblo mexicano despierte, como aconteció con el italiano, y deje de seguir a ese personaje. La historia hablará.