Enrique Escobedo  

La formación de cuadros en la Administración pública en sus tres órdenes de gobierno es un compromiso postergado desde hace décadas e incumplido desde la gestión de Miguel de la Madrid. Son muchos los motivos por los cuales no logramos instaurar en México un sistema profesional de carrera. Es cierto que existe de manera aislada en algunas instituciones como la Secretaría de Relaciones Exteriores o en el Instituto Nacional Electoral. También encontramos algo informal en algunas dependencias tales como la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes o en la de Hacienda. Allí los jóvenes ingenieros y economistas respectivamente van ascendiendo por méritos y antigüedad de acuerdo con los criterios de los jefes, así como con la oportunidad de plazas vacantes. Pero en lo general no existe un sistema planeado, organizado que reconozca los méritos, el esfuerzo y la actitud profesional de quienes prestan sus servicios en la Administración pública. 

Es importante insistir en el tema, aunque ya es una realidad que en esta administración no se logrará implementar el servicio civil. La insistencia se debe a que servir es un gesto humano que nos engrandece porque es un acto solidario que le da valor agregado y sentido a la acción de atender demandas y necesidades sociales desde el Estado. El servicio público es, de alguna manera, el momentáneo redescubrimiento de la satisfacción de hacer cotidianamente un servicio social. Por eso es una responsabilidad y un compromiso con el ciudadano, de ahí que la experiencia que implica el contacto y la convivencia con quienes nos pagan mediante sus impuestos es un acto de reciprocidad. 

Es cierto que las dependencias y entidades tienen una gama de personas servidoras públicas que van desde el corrupto prepotente hasta el honesto y eficiente trabajador. Aunque lo ideal es encontrar sólo a personas atentas, honradas y eficaces. Lo cual sería posible si se diseñara un sistema de méritos y cuyos ascensos sean por sus cualidades, aptitudes y actitudes. Algo ajeno al servilismo, las camarillas, el nepotismo y los contubernios.  

Profesionalizar significa idoneidad ente las funciones de un cargo o perfil del puesto y quienes lo ocupan con eficiencia, eficacia, congruencia jurídica, transparencia y rendición de cuentas. Esa persona debe ser evaluada sistemáticamente y por lo mismo, su deber es actualizarse permanentemente, someterse al escrutinio público y apegarse ortodoxamente a Derecho. Lo cual no es fácil, pero tampoco imposible. Lo que hace falta es voluntad política. Empero la realidad es que cada sexenio los triunfadores de la contienda electoral llegan con compromisos de campaña y hacen de la Administración pública un sistema de botín y reparto de cargos sin mayores méritos que la confianza del jefe. Es cierto que la consigna del actual gobierno es 90% de honradez y lealtad ciega y el resto conocimiento. En otras palabras, para la gestión del presidente López Obrador, basta con no ser corrupto para ocupar un cargo sin cumplir con el perfil técnico del puesto. Decisión con la cual discrepo. Es cierto que la honestidad es importante, pero no es motivo para dar lugar a la improvisación y al amiguismo. 

Ojalá el próximo gobierno siente las bases de un sistema de profesionalización de las personas servidoras públicas, pues esa decisión traerá, entre otras ventajas, prevención y combate a la corrupción, transparencia, rendición de cuentas, gestión enfocada a resultados, así como eficiencia y eficacia.