Enrique Escobedo 

Una de las grandes lecciones de la historia de la humanidad consiste en explicarnos que los líderes y emprendedores de grandiosas hazañas nunca lo han logrado solos. Siempre encontramos personajes iguales o más brillantes que fueron sus compañeros de lucha. Así tenemos que Morelos tenía el apoyo militar de los hermanos Galeana y de Mariano Matamoros y, en lo intelectual, a diputados del Congreso de Anáhuac como Andrés Quintana Roo y Carlos María Bustamante. Por su parte, Juárez logró impulsar la Reforma porque no todas las ideas eran de él. Tuvo toda una generación de personajes ilustres a su alrededor, ahí están Guillermo Prieto y Melchor Ocampo. Además, a muchos egresados de la Escuela de Letrán como Lafragua y el Nigromante. Así mismo, podemos observar que grandes mexicanos no se rodearon de un gran equipo de colaboradores y esa es una de las explicaciones de sus tumbos, por ejemplo, Francisco Madero. 

Esa idea del país de un solo hombre encaja más en los estereotipos de los dictadores como Antonio López de Santa Anna, Augusto Pinochet o Mussolini de quienes difícilmente podemos recordar o nombrar a algunos de sus colaboradores. Si acaso es por sus capacidades de adaptación y mimetismo adulador, como es el caso de Nikita Jrushchov ante Stalin o de Himmler y Goebbels con Hitler.   

La historia de la segunda mitad del siglo XX y la transcurrida hasta el momento nos dice que gobernar y dirigir un país se hace con un equipo de trabajo de mujeres y hombres preparados, capacitados y formados sólidamente. Hoy los gabinetes requieren perfiles de puestos especializados. Aún más, la improvisación se paga cara, pues la ambición de poder ya no es suficiente para dirigir una institución de la Administración pública y, mucho menos, a un país. 

Gobernar también implica tener secretarios capaces y competentes, pero tampoco es suficiente, hay que tener subsecretarios e incluso directores generales de las entidades paraestatales con preparación técnica y política. Esa vieja idea de la “Administración pública de botín”, propia de piratas, ya es anacrónica. Me queda claro que si acaso alguien tiene un puesto encumbrado en el gobierno y debe pagar algunos favores o tiene amigos a quienes desea ayudar, lo puede hacer en las áreas de asesoría, pero no en cargos de responsabilidad, pues de lo que se trata es de que no hagan daño. Rodearse de gente capaz de realizar el trabajo y solucionar los problemas es lo importante. En México es común encontrar en los anales de la historia que los políticos, siempre desconfiados, nombran gente leal y servil, antes que competentes y trabajadores. Ser honrado y honesto es una cualidad que debe imperar en los cargos gubernamentales, pero no es suficiente. También se requiere de cualidades, aptitudes y actitudes que resuelvan problemas, atiendan con eficiencia y eficacia las demandas y necesidades sociales y se creen condiciones de confianza entre gobernados y gobierno. 

Un buen equipo va más allá de un equipo de cuates, lealtades ciegas o de empatías ideológicas. Un equipo debe ser de trabajo, con capacidad de crítica y autocrítica, de resultados y de complemento entre sus miembros, pues si todos son cortados por la misma tijera, habrá vacíos de poder y debilidades. Aún más, un buen equipo de trabajo no se configura exclusivamente en el poder Ejecutivo, también debe hacerse en el poder legislativo y en las entidades de la República. Así es como en los equipos se logra la visión de Estado.  

El sistema político mexicano fundado el siglo pasado, entre otras características, aprendió la lección de que uno de los errores del porfirismo fue envejecer sin dar oportunidad a la movilidad social y política. Ese aprendizaje imperó desde el cardenismo y durante los tres sexenios anteriores. Ahora corresponde a la actual administración hacernos saber que también entiende acerca de la importancia de hacer el trabajo en equipo y que muchos mexicanos sean o no militantes de Morena deben ser escuchados en la provincia y en el poder legislativo, pues, aunque no sean cercanos colaboradores, el equipo se llama México.  

La democracia moderna nos ha señalado que los caminos se pueden y se deben transitar con todos y no con unos cuantos. Esa es la idea del equipo dirigente que no excluye, ni menosprecia, pues un equipo se hace con afinidades y capacidades, pero no considera a los otros como enemigos, sino rivales de los cuales también se puede aprender. Toca a la actual administración digerir esa lección, ya que lo importante es que los líderes tengan buenos equipos de trabajo y den resultados. De lo contrario, todos pagaremos las consecuencias. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here