David Hidalgo Ramírez
Nuestro segundo cerebro está dotado con más neuronas que nuestra espina dorsal. Es ese conducto largo y sinuoso que forma parte del tubo digestivo y que actúa de forma independiente a nuestro sistema nervioso central, y es justo en esta parte de nuestro cuerpo en donde radica la clave para de nuestro bienestar.
Dividido en dos partes importantes, nuestro intestino recibe los alimentos del estómago para digerirlos, absorber las sustancias y nutrientes y luego convertir en heces todo aquello que no requiere nuestro cuerpo; pero la función de nuestro sistema digestivo va más allá de procesar todo aquello que ingerimos.
Ya lo dijo el padre de la medicina: Hipócrates, quien hace más de 2000 años aseguró que las enfermedades comienzan en el intestino; lo que actualmente ha sido más que demostrado, ya que más de 170 enfermedades tienen su origen en nuestro intestino, entre ellas se encuentran la diabetes, obesidad, diverticulitis, artritis, autoinmunidad, asma, alergias y enfermedades mentales como la demencia, la ansiedad, la depresión y el alzhéimer, por mencionar solo algunas.
Es nuestro intestino el órgano sensorial más grande de nuestro cuerpo, pero ¿por qué el intestino es nuestro segundo cerebro? Aunque funciona de forma independiente, existe una fascinante relación intestino-cerebro, ya que se encuentran en constante comunicación a través de los sistemas simpático y parasimpático. Nuestro intestino informa a nuestro cerebro de todo aquello que ingresa a nuestro cuerpo, es un guardián que determina qué es lo que se debe mantener dentro de nosotros y qué es lo que debe salir, evitando la intoxicación con alimentos inadecuados.
Esta función de prevención que surge en nuestro intestino, es lo que fortalece nuestro sistema inmunológico, es por ello la importancia de entender que la función de nuestro intestino va más allá del procesamiento de los alimentos que ingerimos; así como de prestar especial atención a nuestro segundo cerebro.
No existe duda de que una alimentación deficiente nos llevará a la muerte, es por ello que insistimos en incluir en nuestra dieta, por lo menos, una ingesta del 50 por ciento de lo que comemos de verduras y frutas frescas.
Debemos tener presente que en nuestro intestino viven trillones de microbios que son clave para una buena digestión, ya que su actividad permite la absorción de los nutrientes de los alimentos que ingerimos. Entre más variada sea la población de microbios que habitan en nuestro intestino, nuestra salud intestinal será mejor.
El estrés puede propiciar un desequilibrio en el número de microbios que necesitamos albergar en nuestra flora intestinal, esto puede provocar diarrea y, en situación extrema, puede ser causa de padecimientos cardiovasculares, entre una interminable lista de enfermedades en las que se ha demostrado su existencia como consecuencia del deterioro de la macrobiótica intestinal.
Investigadores de la Universidad de Johns Hopkins han demostrado una amplia lista de enfermedades causadas por deterioro de la microbiota intestinal y la depresión; así como también han publicado la evidencia irrefutable de la relación directa que existe entre la composición de nuestra macrobiótica y el riesgo de sufrir una enfermedad neurodegenerativa como el alzhéimer; confirmando lo que Hipócrates afirmó hace más de 2000 años.















