Enrique Escobedo 

Un diagnóstico es una fotografía de la realidad en un tiempo determinado y en lugar específico. Existen diagnósticos médicos y sociales. Los primeros retratan nuestro estado de salud y se confrontan contra un ideal clínico. Lo mismo acontece con las ciencias sociales. Su trabajo es plasmar la realidad política, económica, social, administrativa de una sociedad o de un grupo social y analizarla a fin de ver si cumple con ideales de calidad de vida, oportunidades y prospectiva de futuro. Consecuentemente, un diagnóstico debe saber ser interpretado y sobre todo quien lo lee debe entender acerca del rumbo y evolución de la situación. 

Los políticos cuando hacen campañas electorales acuden a las comunidades con un diagnóstico previo, que la avanzada elaboró, acerca de la situación de la colectividad a la que acuden, pues su discurso debe aludir a los problemas de ese grupo social, hacer notar que está consciente de las dificultades y se compromete a solucionarlas.  Lo más importante es que ese candidato, en algún momento, escuche a los habitantes con el propósito de que le platiquen y pueda profundizar en el diagnóstico. En la medida en que se compenetre con la sociedad y demuestre comprender los desafíos estará alcanzando un trato acogedor, logrará empatía con los pobladores y demostrará que es una persona sensible, responsable y comprometida. Consecuentemente será muy probablemente el triunfador de la contienda.  

Nuestro primer mandatario recorrió el territorio nacional desde el año de 2006 hasta el 2018 y demostró conocer el diagnóstico de cada municipio. También escuchó y con lenguaje popular pudo comunicarse y lograr sinergia con el grueso de la población. En otras palabras, demostró conocer los problemas nacionales y tratar a la gente de toda la República. De ahí que al haber triunfado en las elecciones después de doce años de campaña, muchos pensaron que la triada “diagnóstico, trato y tratamiento” sería una realidad efectiva. Pero resulta que no es necesariamente así. El tratamiento es siempre mucho más difícil de lo que se llega a pensar, ya que requiere una comprensión holística evolutiva nacional e internacional en materias políticas, económicas y sociales. Además, no es lo mismo ser candidato de oposición que asumir la responsabilidad de conducir a una nación dentro del marco jurídico, en ocasiones severamente rígido. También es necesario estar apoyado por un equipo de colaboradores competentes, saber escuchar y decidir con base en información actualizada, pues como ya se explicó, la realidad es tan cambiante que no se pueden solucionar los nuevos problemas con medidas anacrónicas. 

Estoy convencido de la buena voluntad del presidente de la República de lograr el desarrollo nacional integral y abatir los extremos de miseria y riqueza que aquejan al país. Hizo un muy buen retrato de la sociedad, pero no lo ha actualizado. También demostró saber tratar a la gente, pero eso no es suficiente. Él no ha podido con el tratamiento de los males que laceran nuestra vida social, política y económica. Resulta que las decisiones que toma con buenas intenciones no son necesariamente las que mitigarán la escasez y el conflicto social.  De ahí el desencanto que emerge y la desilusión que brota en muchos grupos sociales. 

El desengaño social hacia la actual administración se leyó el primer domingo de enero con una muy baja participación de la consulta popular. No me digan que las encuestas sitúan y califican aprobatoriamente al titular del poder Ejecutivo, pues es muy cómodo recibir llamadas telefónicas y, con el temor de ser espiado, responder que aprueba los trabajos del actual gobierno. La realidad es que hay decepción social y no se debe señalar al Instituto Nacional Electoral (INE) del fracaso de la consulta.  

El diagnóstico de la apatía ciudadana del uno de agosto no está en el INE, sino en los resultados de gobierno. Falta poco menos de un mes para que inicie el periodo ordinario de sesiones y, de acuerdo con el artículo 69 de la Constitución, el presidente deberá presentar por escrito el estado que guarda la Administración pública del país. Ya se que será grandilocuente. Así son históricamente. Pero yo esperaría un poco de autocrítica. 

La tríada “diagnóstico, trato y tratamiento” es muy delicada. Un mal diagnóstico, aunque haya buen trato, puede desencadenar un pésimo tratamiento y las consecuencias pueden ser atroces. Eso acontece con las ciencias de la salud y con las sociales. El diagnóstico de los grandes problemas nacionales que llega todos los días al Palacio Nacional muy probablemente está actualizado y es correcto. El problema surge cuando no se sabe leerlo e interpretarlo.