Gabriela Lazcano
En México una niña aprende muy pronto a tener miedo.
Lo aprende cuando todavía debería estar aprendiendo a jugar.
Lo aprende cuando su madre le dice que no camine sola de noche.
Cuando le piden que comparta su ubicación por teléfono.
Cuando alguien en su familia le explica que en la combi es mejor sentarse cerca del conductor.
Crecer mujer en México es aprender a cuidarse antes incluso de aprender a vivir.
Luego la niña crece.
Se convierte en estudiante.
Se levanta a las cinco de la mañana para tomar transporte público y llegar a una universidad donde sueña con un futuro mejor, aunque muchas veces ese trayecto sea el momento más peligroso de su día.
Camina rápido.
Aprende a mirar a todos lados.
Aprende a no confiar demasiado.
No porque quiera vivir así.
Porque el país la obliga.
Después llega la vida adulta.
Se convierte en trabajadora.
Aprende que denunciar acoso puede costarle el empleo.
Aprende que muchas veces tendrá que demostrar el doble para recibir la mitad.
Aprende también que su seguridad no siempre está garantizada.
Muchas de esas mujeres regresan a casa después de jornadas largas de trabajo.
Llegan cansadas.
Pero aún tienen que hacer la comida, revisar tareas y organizar la vida de una familia entera.
Porque en México miles de hogares descansan sobre los hombros de una mujer.
Y muchas veces esa mujer está sola.
Madres que sostienen casas completas.
Madres que educan ciudadanos.
Madres que siguen adelante incluso cuando la vida se vuelve cuesta arriba.
Pero en el México de hoy también existe otra mujer.
La madre que busca.
La que camina por caminos de tierra mirando el suelo con una mezcla de esperanza y terror.
La que revisa cada prenda abandonada, cada zapato, cada mochila, preguntándose si esa tela pudo haber tocado alguna vez la vida de su hijo o de su hija.
Para esas madres el tiempo dejó de medirse en días.
Se mide en búsquedas.
Mientras tanto, en los discursos oficiales se habla de políticas públicas para las mujeres.
Se habla de programas, de avances, de compromisos.
Pero hay una distancia enorme entre esas palabras y la vida real.
Por cierto, ¿le suena el nombre de Citlalli Hernández?
Si no le suena, no le extrañe: es la secretaria encargada de las mujeres en México.
Después de ese silencio, la realidad vuelve.
Entre las oficinas climatizadas y las combis llenas al amanecer.
Entre las camionetas blindadas y los caminos de tierra donde las madres siguen buscando.
Ayer fue el Día Internacional de la Mujer.
En muchos países se conmemoró.
En México, muchas mujeres simplemente intentaron llegar vivas al final del día.
Ese es el país que somos hoy.
Un país sostenido por mujeres valientes…
y demasiado acostumbrado a ponerlas en peligro.
Un país que hoy presume ser gobernado por una mujer,
y que, sin embargo, sigue funcionando como si el poder —como casi siempre— hablara con voz de hombre.













