• La estrategia de culpar a la corrupción, sin identidad, se desgasta

Miguel Ángel Rocha

Más allá de que existe una institución llamada Presidencia de la República y quien la encabece merece respeto y apoyo para que guíe por el mejor camino a los 120 millones de mexicanos, no necesariamente se está obligado a creer en sus métodos que en ocasiones, no resisten el análisis y objetivo.

Disentir es parte de todas las relaciones, y en política, es lo que hace la diferencia entre unos y otros. De ahí la divergencia entre partidos, ciudadanos y puntos de vista.

Y como cambiar de visión no es posible, entonces hagámonos algunas preguntas para intentar llegar a una conclusión que al menos, nos acerque a una respuesta que nunca será común:  

Se habrá preguntado quien gobierna para el “pueblo bueno y sabio”, ¿Qué va a pasar cuando se acabe el dinero?

¿Tendrá prevista una desaceleración económica que obligue a ampliar las redes clientelares y con ello el crecimiento de la deuda interna y externa?

O al menos ¿Habrá calculado que ante una realidad innegable, en algún momento el grupo de aplaudidores disminuya y crezca el de los fifís?

El tema es también estimar hasta dónde le alcanza la corrupción como base de un discurso que se gasta todos los días y que a fuerza de repetirlo va perdiendo credibilidad dado que tras esa denuncia, no hay al menos, un culpable con nombre y apellido, que encarne todos los males de México.

Y en cambio, quien debiera gobernar para todos, salta retador, se enfrenta a la masa y reparte epítetos y advertencias; les llama fifís, les dice que no va a parar y que su proyecto de IV, transformación, continuará a pesar de todo, pero sin decir en qué consiste.

Es decir, advierte que continuará sembrando odios, deshonras, falsedades, verdades a medias y divisiones entre mexicanos, muchos de ellos acusados en público sin razón, por revancha o la simple sospecha de expedientes mal revisados.

Será que esa es la estrategia, mantener confrontados a los mexicanos. No se debe olvidar la historia; en los momentos difíciles los que nacimos aquí sabemos sumarnos en torno a una causa, sin necesidad de un caudillo.

Lo mejor, como lo establece la teoría de la comunicación, el mensaje se revierte, y frente a la acusación habrá respuesta; muchos se alzarán a desmentir agravios y aunque “algo quede” de la infamia, también algo quedará de la defensa que exhibirá a los hoy dueños de la mafia en el poder como lo que son.

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