• No se necesita ser economista para saber que sin certeza no habrá inversión

Miguel A. Rocha Valencia

Desde la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), el país resintió la pérdida de confianza de los inversionistas y marcó un hito no sólo en el crecimiento “pírrico” como diría el ganso, sino también un punto de quiebre en nuestra economía que empezó a generar más pobres, freno al empleo formal, mayor informalidad y cancelación de proyectos de infraestructura sobre todo con capital extranjero.

Desde esa decisión, que yo equipararía al llamado “error de diciembre” de Ernesto Zedillo por las lamentables consecuencias económico-financieras, incluyendo huida de capitales e incremento en la deuda pública y privada, México cambió, se volvió opaco, en retroceso y lo peor de todo, en el ánimo hubo una confrontación nunca vista, en vez de suma de esfuerzos por un país mejor. 

En papeles, esa decisión costó 200 mil millones de pesos. Mentira; el costo directo fue de unos 600 mil millones de pesos incluyendo la deuda contratada a 19 años por la fibra verde con que se financiaba el proyecto, máxime que no se incluyeron recursos fiscales para su ejecución, y la distracción del TUA del AICM para pagarla. A ello deben sumarse las inversiones que llegaban y se cancelaron; la caída de empresas que cotizaban en bolsa, depreciación del peso y fuga de capitales mexicanos hacia Estados Unidos, que a la fecha suman 100 mil millones de dólares.

Más allá incluso de la ventana de oportunidad para el desarrollo del país en varios rubros que hubiese significado el NAIM en lo social, económico, cultural y turístico, se presentó un fenómeno de desconfianza que el Bank of America (BofA) ha subrayado en diversos momentos de la actual crisis económica en base a la consulta entre los 100 principales inversionistas del mundo.

El problema dice el BofA es la desconfianza en las políticas públicas instrumentadas sin ningún análisis o respaldo profesional desde Palacio Nacional. Concretamente señalan al mesías tropical como el autor de este fenómeno negativo y que confirman los analistas nacionales junto con los de las calificadoras internacionales.

En un aproximado el propio Banco y la secretaría de Hacienda calculan el éxodo de capitales extranjeros en más de 38 mil millones de dólares especialmente en documentos, así como la cancelación de proyectos por un monto similar, además de que la distracción de recursos fiscales para las “obras presidenciales”, dejó sin dinero a la inversión pública.

Por eso cuando el maestro José Gurría Treviño, ex secretario de Hacienda de México y ex titular de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos se refiere al tema en una entrevista, no dice ni descubre nada nuevo: Si México quiere crecer por arriba del dos por ciento (yo diría que por lo menos al uno por ciento anual), necesita inversión, nacional o foránea.

Pero para lograrlo, es necesario que se den las condiciones de confianza que no creemos se alcancen en este sexenio. Los inversionistas no creen en el profeta cuatrotero, el dinero le tiene miedo no sólo por los hechos pasados sino las señales que son evidentes, como la amenaza de despojar a dueños de inmuebles y predios en Santa Fe, donde muchos tienen un patrimonio irrecuperable.

Y si a eso se agregan los amagos acerca del T-MEC, en especial al tema de energía y cancelaciones de proyectos por un falso argumento “nacionalista”, la cosa se pone más difícil. De plano con el actual caudillo no regresará el capital a sustituir la inversión pública ni mucho menos a financiar proyectos inviables económicamente dicho, como el Tren Maya, el cual fue entregado a militares para construcción, administración y explotación, y todo, con dinero fiscal.

Peor se pone la cosa cuando las corcholatas que podrían sucederlo hacen suyo el tema de la militarización, de la concentración de mando y la sumisión de poderes que se suponen constitucionales y autónomos.

 Y todavía, como si no fuera suficiente, los amagos de adhesión y apoyos reales a regímenes totalitarios e izquierdosos de probadas doctrinas empobrecedoras y concentradoras de poder que tienen como fin la dictadura, el tema se pone mucho más difícil. Tal vez Gurría Treviño debió decir que el problema de México para crecer, está en quien hoy habita en un palacio que cuesta seis millones mensuales de mantenimiento, pero habla de proletariado, primero los pobres y se reviste de una “honestidad valiente” que resultó una mentira lo mismo que una lucha anticorrupción que se tradujo en demagogia vil.