• Sin freno, el profeta se lanza contra religiosos que le exigen aplicar la ley

Miguel A. Rocha Valencia

Y luego se queja el ganso. Una vez más el ganso se trepó al púlpito para ofender a quien le pide cumpla la ley y se atreve a criticar su dizque estrategia contra el crimen. Esta vez de plano no se midió y se lanzó contra los jesuitas que le piden cumpla el mandato constitucional y garantice la paz a millones de mexicanos que sufren violencia y muerte por su política de abrazar y proteger a los asesinos, en este caso, de sacerdotes.

Justo cuando Porfirio Muñoz Ledo vuelve para acusar al gobierno de la 4T de continuar “el amasiato entre autoridades y crimen organizado, el profeta acusa a los clérigos que se atrevieron a criticar su no impartición de justicia de estar “apergollados por la oligarquía”.

Pero, no será que él mismo mesías tropical está apergollado por los criminales. Sólo así se explica su complacencia ante más de 125 mil asesinatos, centros de vacunación balaceados en Puebla, masacres por todo el país, incendio de restaurantes en Guerrero, secuestro de comunidades en Michoacán y un corredor libre por toda la costa del Pacífico, incluyendo aduanas “resguardadas” por marinos, para el tráfico de drogas, personas, armas, robado, contrabando y piratería.

Y no, Muñoz Ledo no está senil, a pesar de su edad, es una mente lúcida que hoy denuncia precisamente el amasiato que permite que la delincuencia organizada, sus sicarios, asesinen con toda impunidad a quien quieran, lo mismo a mujeres y niños que a ciudadanos que se resisten a pagar cobro de piso, entregar sus cosechas o ceder su puesto en el mercado público.

Lapidario como acostumbra le manda decir al machuchón de Palacio Nacional que ese amasiato con el crimen, “otorga estabilidad condicionada a los gobernantes, pero genera ríos de sangre en la población”, o sea, esa gran cantidad de muertos de que habló el Papa Francisco y que el tlatoani olmeca se niega a entender.

Con ello, coloca a México cada vez más lejos de un Estado de Derecho para hundirlo cada vez más en un régimen autoritario donde la impunidad, corrupción y violencia, se volvieron la “normalidad” y patente de un gobierno inexistente o que al menos, hizo su propia ley, esa que no corresponde a los lineamientos constitucionales sino a la interpretación personal del caudillo.

Por eso, en vez de condenar la violencia que en este sexenio se justifica y que se manifiesta con la protección que desde el púlpito palaciego se dispensa abiertamente a los seres humanos que asesinan, secuestran, roban y trafican, el ganso se lanza contra los religiosos que se atreven a pedir no una cacería contra criminales, sino la aplicación del Estado de Derecho y con ello retorne la paz y la libertad para millones de mexicanos.

Esos que no sólo ponen a los muertos sino también sus propiedades, labores y personas que los criminales someten para cultivar, transportar o defender drogas. Esos que prefieren “rifarse” como indocumentados y cuyas vidas se pierden en el viaje como los 22 abandonados en un tráiler de Texas y que huyen no sólo de la miseria en que están hundidos, sino de la sumisión criminal de que son objeto en sus comunidades.

Para muchos de ellos que prefieren morir ahogados o asfixiados que volverse asesinos de sus propios parientes como ocurre en Michoacán o Guerrero.

Por eso es por lo que, ante tanto libertinaje e impunidad para los criminales, la pregunta se repite ¿Quién está apergollado? Y lo peor de todo es que las evidencias y denuncias se multiplican, surgen de todas partes hasta de las entrañas de Morena y asociados, que ven en la violencia criminal, una “nueva normalidad” a esa que seguramente creen habremos de acostumbrarnos mientras vemos cómo las Fuerzas Armadas pervierten su vocación, entregan el honor y olvidan que fueron creadas con el compromiso de salvaguardar a los mexicanos, no servir a un caudillo.