Jafet Rodrigo Cortés Sosa

“Tu corazón va a sanar y va a volver a quebrarse, mientras le toque pulsar”.
Jorge Drexler

Cuando menos lo esperas, la vida cambia, se transforma, haciéndonos luchar con viejos fantasmas; atrae espectros traslúcidos que creíamos fuera de nosotros, pero que sólo se habían mudado de domicilio, unos cuantos pisos debajo de donde se encontraban, a una zona más oscura y recóndita desde donde espiaban esperando la oportunidad perfecta para atacar.

Aquellas heridas que considerábamos cerradas, terminan por abrirse en las primeras de cambio, despertando dolores que atraviesan el espíritu, que en ciertas ocasiones nos someten; obligándonos a luchar contra nosotros mismos; cuestionarnos sobre nuestra aparente seguridad; haciéndonos dudar del ahora, sometiéndonos a un torbellino de emociones que reviven infancias rotas; al mismo que despiertan recuerdos de nuestra vulnerabilidad, luchas que dejamos pendientes; historias que narran nuestros corazones rotos que se vuelven a quebrar.

CRISTALES ROTOS

En ocasiones vamos por la vida así, hechos trizas, con las emociones enmarañadas a punto de explotar, no sabemos qué nos pasa, pero reconocemos que algo nos está sucediendo porque la incomodidad se vuelve más que evidente. Rotos cual cristales, deambulamos sin percatarnos de lo filosos que somos, sin notar lo peligrosos que podemos llegar a ser y el daño potencial del que podrían ser víctimas las personas que nos rodean.

René Descartes sentenció a la humanidad con una frase, “pienso, luego existo”, como si de verdad todas las personas reflexionaran antes de hacer algo, dejando a un lado aquella naturaleza que nos hace tropezar con nuestras propias emociones, que vuelve a nuestra especie vulnerable y reaccionaria.

La realidad es que la válvula de las emociones, que se vuelca sobre y dentro de nosotros, no es algo que podamos cerrar por completo; aunque ciertas ideas busquen que huyamos de la esencia misma de la humanidad, concentrada en la imperfección latente que nos vuelve seres vivos y no máquinas autómatas que realizan procesos mecánicamente trabajados.

No somos capaces de cerrarla, pero sí debemos aspirar a ser capaces de que aquello que sentimos no nos nuble el juicio, no nos vuelque al salvajismo primigenio de actuar por el simple hecho de sentir, sino que aprendamos a gestionar de manera adecuada aquello que estamos viviendo, tomando decisiones lo más cercanas a lo racional, poniendo afuera lo que necesitemos poner fuera, con cada vez mayor precisión y menos torpeza.

Sentir es algo natural que no podemos evitar de ninguna forma, ni siquiera negándonos en automático al contacto con nuestras emociones o reprimiéndolas; lo que no debería volverse un movimiento natural es externarlas o interiorizarlas de manera que nos lastimen o transgredan negativamente a los demás.

En ocasiones nuestro espíritu emocionalmente se encuentra tan roto que corta al contacto, nos encontramos tan vulnerables que cortamos a personas cercanas, así como a completos extraños, que tuvieron la mala fortuna de atravesarse en el camino; lastimamos y en vez de volvernos responsables del daño, pretextamos que así somos y que no podemos cambiar.

Nuestro corazón, con el tiempo, así como con un trabajo propio significativo, va a sanar, y eso no quiere decir que no haya posibilidades de que vuelva a quebrarse, sino que es un escenario natural en la vida, un ciclo que tenemos que vivir, pero mientras lo hacemos, nuestra tarea principal es aprender de aquellas experiencias, para que esos procesos de pérdidas y duelos, no se enfrenten con la misma persona rota que fuimos, sino que nos encuentren mejor preparados para lidiar con lo que tengan, para que podamos gestionar aquel enfrentamiento con nosotros mismos a través de la experiencia que tengamos del proceso de sanar.