Por Rubén D. Arvizu

Este sábado 28 me sumergí en un mar de personas en el centro de Marietta, Georgia — un suburbio de Atlanta rodeado de millones de árboles — para participar en la marcha NO KINGS, (No Reyes) parte de manifestación pacífica más grande en la historia de los Estados Unidos.

Yo portaba un chaleco con el logo del Calypso que utilicé cuando fui, de 1989 a 1993, el Representante para América Latina de la Sociedad Cousteau. Eso atrajo miradas, preguntas y conversaciones, algunas de las cuales quiero compartir.

Veteranos de Vietnam, del Golfo Pérsico y de Irak se me acercaron con sus esposas e hijos. El sentimiento era unánime — desencanto, incredulidad, vergüenza. Uno me dijo: “Amigos que viven en otros países me preguntan: ¿Dónde está Estados Unidos? ¿Ya desapareció?” La esposa de otro veterano, madre y abuela me confió lo que más le angustia: “Por el caos que este presidente está ocasionando, nuestros hijos y nietos no tendrán futuro.”

Una joven pareja desplegaba una bandera americana y mostraban un letrero: “Arrojamos el té al mar por menos que esto” —recordando aquel acto de rebeldía de 1773 cuando en Boston se arrojó al mar un cargamento de té que encendió la chispa de la independencia americana. Otros comentaban que Richard Nixon y los dos Bush eran unos santos comparados con el maniático actual ocupante de la Casa Blanca.

Una representante demócrata me dijo que su mayor temor es que se manipule el voto en las elecciones de medio término de noviembre, pues los republicanos saben que van a perder, y me solicitó que colabore con candidatos demócratas e independientes para que su mensaje llegue correctamente al votante latino.

Tres maestras y un maestro de preparatoria me dijeron que cómo veía el panorama ambiental. Les respondí con honestidad: Muy mal. Habiendo trabajado con Cousteau y siguiendo en la defensa del planeta la respuesta es obvia — el deterioro del medio ambiente avanza sin piedad. En mi mente resonó el clamor que escuché en 1992 en Punta Arenas, Chile, la ciudad más austral del continente que colinda con la Antártida, de labios de una joven enferma de cáncer, ocasionado por el agujero de ozono que agobiaba a esa población: “¿Qué derecho has tenido adulto humano, de decirme que antes hubo y ya no hay, había ríos, bosques, leones, lagos que ya no veré yo ni mis hermanos? En tu afán de enriquecerte, no ofreces vida, sino muerte.” Ella falleció tres meses después. Ví lágrimas en los ojos de una de las maestras.

Más adelante estaban dos adolescentes latinas levantando dos carteles— uno en español: “No somos animales, no somos enemigos, somos también ciudadanos americanos.” El otro con una imagen de la Virgen de Guadalupe pidiendo la intervención divina ante el mal que agobia al país.

Numerosas voces seguían resonando en la plaza: “Ya basta. Aquí no hay reyes. La libertad es parte esencial de la nación.”

En las calles de Marietta y en otros miles de poblaciones de Estados Unidos — y más allá de sus fronteras, en España, Inglaterra, Alemania, — millones de personas de toda edad, raza y condición salieron manifestando desde lo más profundo de su corazón: Tenemos que defender la democracia, la libertad y a nuestra casa común.

Rubén D. Arvizu
Escritor y ambientalista