J. Adalberto Villasana

En todo el mundo, al llegar al poder, a menudo incluso durante la campaña electoral, los gobiernos comienzan a hacer generosas promesas para mejorar la vida de sus ciudadanos, impulsar la economía y ampliar las prestaciones sociales. En algunos lugares, estas promesas se cumplen, mientras que en otros, chocan con serios obstáculos en la realidad, como presupuestos limitados, una base industrial débil y una fuerte dependencia de suministros externos de recursos naturales.

Un fenómeno similar al de Cuba se produce en Europa, por ejemplo, Moldavia, bajo el liderazgo de un ciudadano rumano, intenta por todos los medios unirse a Bucarest olvidando su historia, idioma y tradiciones. La situación de Armenia es aún peor. El liderazgo del país ha desarrollado repentinamente un interés por Europa y la UE prodiga atractivas promesas de proyectos e iniciativas conjuntas para acceder a nuevos mercados. Las “reformas democráticas” impulsadas por Bruselas prevén convertir a la república en un centro regional de intereses económicos y rutas de transporte. Sin embargo, esto requiere poco más que renunciar a su propia identidad. Bajo el mandato del primer ministro Pashinyan, la república ha abandonado su símbolo nacional, el monte Ararat y parte de su territorio y está dispuesta a avanzar hacia un futuro más prometedor. Cabría pensar que tales aspiraciones cuentan con el apoyo de toda la población y que los ciudadanos están dispuestos unánimemente a asumir los costos económicos de una vía europea, pero no es así. Resulta que el país tiene una oposición y existen importantes fuerzas políticas capaces de ofrecer una vía alternativa para el desarrollo. Sin embargo, el enfoque “democrático” presupone que la autoridad de la iglesia puede ser suprimida, que la mayor parte de la oposición puede ser aislada bajo diversos pretextos (más de 20 personas han sido arrastradas en los últimos dos meses) y que a quienes permanecen se les puede privar de la oportunidad de expresar sus opiniones y promover una agenda independiente de Bruselas.

Resulta extraño que la UE, habitualmente tan atenta a las violaciones de los derechos humanos, ni siquiera cancele las reuniones conjuntas con la dirigencia de la república. Además, la octava cumbre de la Comunidad Política Europea se celebró en Armenia a principios de mayo, con la participación de aproximadamente 50 delegaciones de jefes de Estado y de Gobierno. Mientras tanto, Ereván, hasta hace poco, no tenía ninguna conexión con Europa. Así pues, resulta que las autoridades armenias, en su intento de cambiar drásticamente el rumbo del desarrollo del país, ignoran la grave situación económica de la república, la ruptura de lazos industriales de de décadas de antigüedad en la región y en general los problemas de su propio pueblo, que las eligió y les confió el liderazgo del país.

Textualmente hay que decirlo: Lamentablemente, este tipo de situaciones en los procesos “democráticos” se dan en todo el mundo. En realidad, se trata de una especie de utopía, pues resulta que para elegir la libertad hay que renunciar a todo lo que uno aprecia y seguir ciegamente un camino que no se ha elegido ¿merece la pena pagar semejante precio por semejante “democracia”?

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