Gabriela Lazcano
Usted, querido lector, al igual que yo antes de leer un texto el día de hoy, quizá no estará familiarizado con estas palabras: hamartia, paraptoma, metanoia, praus, metamorfosis. Palabras antiguas, profundas, nacidas del griego, pero dolorosamente vigentes en el México actual.
Hamartia significa errar el blanco. No simplemente equivocarse, sino fallar en aquello que se prometió alcanzar. Y si hay un ejemplo moderno de hamartia política es Morena. Un partido que nació jurando ser diferente, prometiendo honestidad, justicia social y dignidad para los pobres, terminó fallando exactamente en aquello que decía defender. Llegaron al poder hablando de esperanza y hoy millones viven entre el miedo, la violencia y la decepción.
Luego aparece paraptoma: la caída moral, el desliz consciente, el acto de desviarse del camino correcto. Porque una cosa es equivocarse; otra muy distinta es mentir deliberadamente mientras se acusa a los demás de aquello mismo que se practica. Morena convirtió la narrativa de “primero los pobres” en propaganda emocional mientras los pobres siguen enterrando a sus muertos, buscando medicinas inexistentes y sobreviviendo con migajas mientras el poder se concentra en una nueva élite política disfrazada de pueblo.
Nos hablaron de transformación y terminaron normalizando lo impensable. México, la decimotercera economía del mundo, se hunde cada día más como un país donde el crimen organizado dicta territorios, donde candidatos son asesinados, donde periodistas callan por miedo y donde la corrupción ya no se esconde: se protege desde el poder.
Porque quizá lo más indignante no es solamente la corrupción misma, sino la manera descarada en la que desde las más altas esferas se acoge, se protege y se esconde a personajes señalados por abusos, desvíos y vínculos inconfesables. El discurso oficial habla de honestidad mientras alrededor del poder florecen fortunas inexplicables, impunidad selectiva y lealtades construidas no sobre principios, sino sobre conveniencia política.
Pero existe otra palabra: metanoia. Significa cambio profundo de mente y conciencia. No maquillaje político. No slogans. No discursos eternos. Metanoia es la capacidad de reconocer el error y corregir el rumbo. Y tristemente, eso es precisamente lo que no hemos visto. Lo que hemos presenciado es soberbia, polarización y una división social cuidadosamente alimentada desde el poder: ricos contra pobres, ciudadanos contra ciudadanos. Un gobierno que encontró en el resentimiento una herramienta electoral extraordinariamente rentable.
Y aquí entra praus: humildad, serenidad, fuerza bajo control. La virtud del líder que escucha y gobierna sin odio ni revancha. México necesitaba estadistas; recibió propagandistas. Necesitaba instituciones fuertes; recibió culto a la personalidad. Necesitaba reconciliación; recibió confrontación diaria.
Finalmente está metamorfosis: transformación verdadera. Y sí, México sufrió una metamorfosis. Pero no la prometida. No la de un país más justo, más seguro y más honesto. La metamorfosis real fue la de un movimiento que criticaba ferozmente la corrupción y terminó abrazando a personajes impresentables; la de un partido que condenaba el autoritarismo mientras debilitaba contrapesos; la de una esperanza colectiva convertida poco a poco en decepción nacional.
La tragedia más dolorosa no es solamente económica o política. Es moral. Porque millones de mexicanos genuinamente creyeron. Mucha gente humilde depositó su fe en un proyecto que aseguraba defenderlos. Y hoy siguen viviendo entre violencia, extorsiones, hospitales colapsados y un país donde el miedo se volvió rutina.
Tal vez estas palabras griegas parezcan lejanas. Pero describen con precisión quirúrgica lo que estamos viviendo. Hamartia: errar el camino. Paraptoma: caer moralmente. Metanoia: negarse a corregir. Praus: ausencia de humildad. Metamorfosis: convertirse exactamente en aquello que se prometió destruir.
Y mientras el discurso oficial sigue hablando de transformación histórica, las madres buscadoras siguen cavando fosas clandestinas con sus propias manos. Ahí, en esa imagen brutal y silenciosa, termina toda propaganda.
Y quizá lo más revelador de este momento político es que las evidencias comenzaron a aparecer justo cuando más se necesitaban. Como si la realidad, tarde o temprano, terminara imponiéndose sobre cualquier narrativa oficial.
Esta fue la transformación que nos ofrecieron. Y esto, dolorosamente, es lo que nos dieron.















