Vladimir Galeana Solórzano  

Sin lugar a dudas eso que gritaban a los cuatro vientos ha dejado de ser un recurso retórico porque los hechos demuestran lo contrario a lo que pregonaban con tantas ansias para alcanzar el poder. La triste realidad asoma por todos los rincones de esa mal llamada “Cuarta Transformación” que no ha sido más que un recurso retórico para engañar a los mexicanos, y autodefinirse como los que vendrían a transformar esa lamentable realidad que durante muchos decenios enfrentamos ante la rapiña de los gobiernos anteriores. 

El problema histórico que hasta ahora venimos presenciando los mexicanos es que “los de ahora no son como los de antes”, porque si algo hemos constatado es que son peores, y una gran parte de los mexicanos lo han constatado con el empobrecimiento de su calidad de vida, y de la forma discrecional en que desde el Presidente de la República y todos sus funcionarios utilizan los recursos públicos, que son propiedad de todos los mexicanos, en sus caprichos y sus burdas maniobras para quedarse con una gran parte de ellos. 

El hambre de poder y de riqueza es manifiesta. Hasta ahora lo único que han mostrado y demostrado quienes encabezan esa mal llamada “Cuarta Transformación” es que son distintos a los anteriores, porque el hurto de los caudales públicos y la disposición discrecional de los recursos públicos, por cierto, propiedad de los mexicanos, se han venido utilizando como moneda de cambio para aprovechar la circunstancia de la pobreza en que viven la mayor parte de los hombres y mujeres de este país para someterlos a dádivas institucionales que de nada sirven a la economía popular. 

La generación de riqueza ha quedado en la historia reciente como uno de los más exitosos proyectos gubernamentales, porque hasta ahora lo único que hemos podido alcanzar es el engrandecimiento de la miseria. Pero también habrá que señalar que ese es el verdadero proyecto de Andrés Manuel López Obrador, multiplicar la pobreza como parte de una estrategia de multiplicación de la mendicidad para someternos a las miserables dádivas institucionales cuando la realidad indica que la riqueza de un país se refleja en el poder adquisitivo de sus pobladores. 

Mientras nosotros nos empobrecemos cada día más , las rentas públicas son utilizadas para la formación y conformación de nuevos ricos como antaño se acostumbraba, con lo que podemos afirmar que los de ahora son peor que los de antes, porque al menos los proyectos gubernamentales permitían que hubiera una gran generación de oportunidades laborales para las clases empobrecidas que al menos les permitían una canasta básica suficiente, y que por desgracia que ahora es pírrica porque se siguen enseñoreando los parámetros de la pobreza ante la mendicidad de quien ahora rige los destinos del país. Bien dicen que no hay mal que dure cien años, ni pueblo que los aguante. La disminución de las preferencias electorales para el Movimiento de Regeneración Nacional es evidente, y esa circunstancia la aprovechan muy bien quienes encabezan las dependencias más importantes del esquema gubernativo para enriquecerse de forma grosera y cínica. 

La muestra de ello son las constantes historias de enriquecimiento ilícito que muestran y reseñan los medios de comunicación, esos que hasta ahora sigue despreciando el presidente de la República, porque sus integrantes dan a conocer el verdadero rostro que asoma en este país y que no es otra cosa que la tiranía y el descarado hurto del dinero de los mexicanos. No hay mal que dure cien años, y menos un sujeto que en el corto plazo va a tener que dejar el poder, aunque haga todo por mantenerlo como es el ardid de la presunta revocación de mandato. Insisto, los mexicanos no somos tontos como lo piensa Andrés Manuel López Obrador. Al tiempo. 

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