Ivette Estrada

Es nuestro todo lo que amamos: paisajes, experiencias y personas. Nuestros son los momentos resguardados en la memoria, las canciones y poemas con las que nos identificamos, las historias que entretejemos en el día a día. Son nuestras todas las primaveras, anécdotas y victorias.

No se requiere un título de propiedad para poseer la luz, el venturoso paso de las hojas ni la sabiduría esparcida en el mundo como registro akáshico.

Nuestra es la historia que vivimos y que cada día rescribimos para volverla más benigna y dulce, para que los desazones no opaquen las horas y para que el corazón, caja del inconsciente, no se quiebre para siempre.

Y aquí aparece la disyuntiva milenaria: ¿qué es real y qué es aquello que sólo imaginamos? Ambos son verdad. Uno está en el mundo tridimensional-material que vivimos, pero los pensamientos, sentimientos, y emociones, todo lo que conforma la psiquis, también es parte de la verdad.

¿Inaudito? No. El cerebro no suele discriminar entre fantasía/imaginación y realidad o acontecimiento actual. El añoso anuncio de “recordar es volver a vivir” ejemplifica esto y adquiere un nuevo sentido la sentencia de Walt Disney: el preludio para volver algo real es imaginar.

Así, todos somos creadores de ángeles y seres fantásticos, hadas, duendes, monstruos o quimeras. ¿De qué queremos que se llene el mundo? Y en este punto focalizamos la percepción como inicio de creación: ¿qué vemos en los otros, a qué le prestamos atención? Eso es lo que reproduciremos en nuestro entorno, esa es la principal criba de lo que llenará nuestra vida.

Ahora, lo que nos tocó vivir no es algo definitivo: siempre se puede cambiar. El cese de un trabajo, por ejemplo, para algunos representa una afrenta insuperable que mina su autoconcepto, lo más valioso que cada uno de nosotros posee. Sin embargo, si se mira como la oportunidad de acceder a algo mejor lo será: el universo cumple nuestras convicciones más arraigadas.

Asimismo, la narrativa de nuestra vida puede reescribirse. Siempre vivimos en una hoja en blanco, llena de posibilidades infinitas.  El punto de partida es qué percepción tenemos y, con base en ello, generaremos las escenas para llenar nuestro espacio mental y vivencial de seres mágicos, dulces, considerados y honrados.

Esto es crucial también para perdonar las propias omisiones y la de los seres que están en nuestro entorno. Aquí todo funciona como bumerang: el cariño y comprensión que le damos a otros se revertirá para nosotros.

Sin embargo, hay quien es inflexible con sus errores y fallas. Intolerante consigo, autocrítico implacable. No es fortuito que lo sea también con los otros. Todos somos espejos. Y la bonhomía debe iniciar con uno mismo: propietario del sol y heredero de la luz.