Ivette Estrada

Nos entristece la soledad, el confinamiento y el silencio. La acechanza brutal de pandemia, una esperanza que momento a momento se fragmenta y desaparece… pero sobre todo, nos duele la incapacidad de despedir a nuestros seres queridos y amigos que mueren.

Los rituales están conformados para permitirnos afrontar los cambios, por dolorosos que sean. Cuando no hay posibilidad de ejercerlos, como una velación o sepelio, aparecen los duelos complicados, en los que se dificulta la capacidad de continuar la propia vida.

Covid-19 representa muchos riesgos de que aparezca ese trastorno: es inesperado, implica cambios abruptos en soledad, nos condena al mutismo y falta de apoyo. En palabras llanas: perdemos seres que amamos, se van nuestros amigos y no podemos despedirnos de ellos, rendirles homenaje, compartir con otros la grandeza de quien abandona esta vida.

Es tan grande nuestra necesidad de compartir con otros el dolor de una pérdida, que las empresas ya instrumentan programas de comunicación institucional donde se alienta a los colaboradores a compartir sus experiencias y generar retroalimentación.  Diversos estudios muestran que un daño radical y por largo tiempo aparece cuando no se verbaliza la perdida, cuando se calla la tristeza, cuando un impacto brutal en nuestra vida no se comunica.

Las empresas generan programas de resiliencia y aceptación de los sentimientos porque un duelo no vivido impacta al menos en 33% la producción, innovación y rentabilidad de los colaboradores, pero además porque “intoxica” el ambiente laboral. El desempeño de las personas está asociado de manera intrínseca a la valoración corporativa como seres humanos, no como agentes de producción nada más.

¿Cómo podemos decir adiós en tiempos del Covid-19?

Cada uno de nosotros debe buscar la manera de generar rituales para acompañar a nuestros seres amados y amigos en su camino al cielo.

Creo que hay una manera preciosa de decir adiós. Escribir. Escribir una carta larga donde se diga a quien abandona este mundo lo importante que fue para nosotros, lo que nos enseñó y valoramos de él, lo que nos deja, lo que no olvidaremos. También conviene aseverar la forma en que cada uno de nosotros lo honrará. Puede ser algo tan trascendental como asegurarle que serán mejores personas en su memoria, o tan aparentemente simple como encender una veladora para que haya luz en su camino de trascendencia.

Es posible que la carta de despedida tenga muchas lágrimas, pero sobre todo aprecio y amor. Debemos generar nuevos rituales para quien parte de esta vida. Acompañarlos como un símbolo de amor y gratitud por haber coincidido en esta realidad tridimensional. De la honra a nuestros muertos depende que podamos proseguir nuestro camino.

Me atrevo a escribir esto porque el día que mi papá se marchó de esta vida, hace ya muchos años, no fui a su funeral. Me costaba mucho descubrir cómo podía respirar si él ya no estaba. Entonces le escribí con la certeza de que me respondería… y así fue.  La semana siguiente de que partió lo soñé nítidamente cada noche. Al amanecer escribía lo que me decía. Después rescribí todo y con ello publiqué mi primer libro: Siete senderos. Fue el homenaje humilde que pude hacerle a quien me dio la vida y me dijo a cada momento, que yo poseía alas y podía volar.

Es mentira que cuando pasa el tiempo se va el dolor. Ese siempre está, pero al lograr decir adiós se podrá continuar la ruta de esta vida.

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